— No es por eso, señora; es por la admirable candidez de vuestras doctrinas.

— ¿Son cándidas? repuso Clemencia: ¡cuánto me alegro. La candidez es hermana de la inocencia.

— ¿No teneis, si no me engaño, en vuestras creencias un lugar propio para esas gemelas?

— Un corazon no corrompido; ese es, segun la mia, su asilo.

— No, no, al que yo aludo se llama el Limbo, si no me engaño.

— ¡Ay Sir George! repuso con bondad Clemencia, lo que yo creo es, que ese triste lugar sin pena ni gloria, es para los que no son bastante malos para serlo de hecho, ni bastante buenos para serlo de dicho.

Sir George comprendió claramente que Clemencia le creia mejor de lo que era; pero esto paró tanto ménos su atencion, cuanto que estaba absorto en la contemplacion del magnífico brazo y mano de Clemencia, que esta levantaba en aquel momento para afianzar en su peinado una flor que se habia desprendido.

¡Pobres mujeres! ¡cuán halagado puede estar vuestro corazon de las causas que impulsan á ciertos hombres á amaros!

— ¡Oh Clemencia! esclamó Sir George en un impulso arrebatado, sois mas irresistible que la mas refinada Aspasia: me enseñaréis á ser un buen marido; yo os enseñaré á ser una Lady perfecta. ¡Qué bella vida nos espera!

— ¿Qué queréis decir con eso?