— ¿En cuál, señor?
— En labraros vuestra desgracia por vuestras propias manos.
— ¿Qué quereis decir?... ¿Yo?... ¿Cómo?
— Con amar al hombre que ménos os ama y ménos os aprecia; con preferir entre dos, al que ménos os merece; me atrevo á decirlo como una sencilla verdad, que no dictan ni el amor propio, ni los celos.
— ¡Señor Vizconde! dijo Clemencia con dignidad.
— ¡Oh Clemencia! no califiqueis en mí de atrevimiento el echar esta profunda mirada en vuestro corazon, abierto como una azucena, y en vuestro porvenir patente á mis ojos, como lo está lo pasado. No es hijo del atrevimiento lo que os digo; lo es de un interes tan intenso y de un cariño tan tierno, que no puede ofender lo que ellos dicten la mas susceptible delicadeza. Lo que habia provisto ha sucedido; ¡le amais!... y ese hombre frio y gastado, duro y escéptico, ese hombre cuyo profundo egoismo no halla tipo sino en Inglaterra, ese hombre, se ha hecho amar... El cómo... ¡Dios lo sabe!
— Señor Vizconde, dijo Clemencia, no hallo esos derechos á que apelais, suficientes para penetrar en mis secretos, caso que los tuviese; ni ménos para erigiros en mi censor.
— Clemencia, por Dios, esclamó el Vizconde, dejad conmigo, con vuestro mejor amigo, ese tono rechazador. El que os adora, el que se ha identificado con vos, no necesita mas derecho para hablar con el corazon en la mano, que la solemnidad de este momento que decide de su futura suerte, y en el que se despide de vos, y con vos de la ventura... ¡para siempre!
Clemencia calló inmutada.
— Ese hombre, prosiguió el Vizconde, sin apreciarlo, me ha robado el ideal que de la tierra hubiese hecho para mí el paraíso! Y ese ideal, Clemencia, que yo buscaba, no era el de la fantasía, era el de la perfeccion, que todo hombre honrado y caballero lleva en el pecho para hacerlo su ídolo si lo halla. Yo os hubiera amado, Clemencia, como á tal; ¡yo os hubiese labrado un trono, y hecho reina de las mujeres felices! Y eso, Clemencia, no saben hacerlo Sir George ni sus semejantes, que han llevado el mal á su último límite; esto es, el de no comprender, no conceder y no apreciar el bien; hombres precoces y desenfrenados en todos los vicios, cuya buena naturaleza resiste, pero cuyo moral sucumbe. Clemencia, el corazon de ese hombre y el vuestro unidos, son y serán como un cuerpo vivo y lozano puesto en contacto con un cadáver. Si no lograis, lo que no os será dado, metalizar vuestro corazon para que no se quiebre, pasaréis vuestra vida en lágrimas.