— Habeis hecho mal, Vizconde, en nutrir ese cariño; y lo que haceis ahora es afligirme.

— Lo conozco, — repuso de Brian sacudiendo la cabeza y haciéndose dueño de su dolor; — lo conozco; porque no sois vos, no, de las mujeres que gozan en ver sufrir á los hombres. En vos, Clemencia, todo es honrado y sincero, hasta la confiada fe en el amor que inspirais; amor que haceis nacer sin desearlo, que rehusais sin injuriarlo con el desprecio, graduándolo de mentido; pues seria difícil precisar lo que en vos es mas bello, Clemencia, si vuestra alma, vuestro corazon ó vuestra persona. ¡Sí! sois un ser privilegiado que conocí y aprecié por mi ventura, y del que no he sabido hacerme amar por mi desgracia.

Diciendo esto de Brian, se levantó, se acercó á Clemencia, tomó su mano que besó, y salió sin añadir mas que:

— ¡Adios... Clemencia!

Clemencia quedó en un estado tan violento y nuevo para ella, que se encerró en su cuarto y se puso á llorar amargamente.

— ¡Dios mio! pensaba, ¿es este el amor cuya felicidad tan alto se encomia, y el que tanto anhelan inspirar las mujeres? ¡Qué! esos hombres que hubiesen sido mis amigos, ¿me huyen, y se convierten en tiranos solo porque me aman? ¿Son estos comportamientos, Dios mio, hijos de cariño? ¿No lo serán mas bien de amor propio? ¿Son en estos hombres, estas escenas amargas, este veneno vertido, hijos de ese sentimiento dulce, el amor; ó lo son de sus caracteres? ¿Juzga el Vizconde en conciencia y justicia á Sir George, ó por celosa malevolencia? ¿Son en Sir George las cosas que dice, hijas de su habitual ironía, ó son hijas de su corazon? ¿Me pedirá que le perdone... ó ha fingido amarme? ¡Se va! ¿volverá, como opina el Vizconde?

Pasó una noche agitadísima, y á la mañana siguiente recibia esta carta escrita en frances.

(Esta esquela la habia escrito Sir George la noche ántes, al entrar en su casa bajo la impresion de rabia y celos que le habia causado la visita del Vizconde y la firmeza de Clemencia en no querer ceder á su despótica exigencia. Su habitual indiferencia ó flema le habian abandonado, y toda la dureza y altanería de su índole aparecian sin el fino y delicado barniz con que su esquisito buen tono las encubrian.)

«Creo, señora, que el amor meridional lo han inventado los novelistas para dar una pesada chanza y para crear decepciones; ó bien será que las encantadoras hijas de Iberia, de puñal en liga, se han transformado, gracias á la civilizacion, en vestales cristianas, de rosario en mano.

«Vuestros favores son tan ascéticos, y los distribuís con una imparcialidad y una gracia tan perfectas, que nadie puede tener derecho de quejarse, y sí todos razon para agradecer: así con vuestro candor monjil haceis ni mas ni ménos que las coquetas con sus artificios mundanos.