«Há tiempo era esto un presentimiento; ayer fué un propósito; hoy es un fallo.
Clemencia Ponce.»
Al mismo tiempo escribió esta otra:
«Pablo, deseo verte; el porqué te lo dirá de palabra, si estimas saberlo, tu prima
Clemencia.»
Cuando Sir George, que como es de suponer no habia partido, supo por su ayuda de cámara la ida del Vizconde, efectuada aquella mañana, se arrepintió amargamente de la carta que habia escrito á Clemencia; carta escrita en aquellos momentos en que el despecho y el amor propio herido quitan todo artificio al hombre, que se muestra en ellos tal cual es. No obstante, Sir George no graduaba lo profundo de las heridas que habia causado á aquel corazon de que se sabia querido; estaba acostumbrado á amazonas aguerridas, á quienes atraia el combate. No comprendia las heridas hechas al corazon, y sentia solo las hechas al amor propio: hubiera querido borrar con su sangre aquellas espresiones satíricas de vestal cristiana con rosario en mano, candor monjil, y no haber chocado con las ideas religiosas de Clemencia hablando de su confesor. No obstante, se consolaba pensando al concluir de prisa su tocador: me ama, y la mujer que ama no resiste á las lágrimas y súplicas del hombre á quien quiere!—¡Pobrecilla! ¡esa sí que sabe querer! si no se hiciese tanto de rogar. ¡Oh! si el amor que nos tienen no fuese cosa que empalagase á la larga, y no trajese en pos de sí la sujecion, los celos y las exigencias, ¡qué bella cosa seria!
Sir George corrió á casa de Clemencia, y recibió por respuesta que la señora no recibia, por estar indispuesta. Esto le contrarió, pero reflexionando pensó que le era quizas favorable, y que convenia dejar pasar el primer ímpetu de indignacion.
A prima noche, á su hora acostumbrada, volvió y recibió la misma respuesta.
Sir George sintió dos grandes contrariedades, la una la de no ver á Clemencia, y la otra de no saber á qué parte ir á pasar la noche donde no se aburriese; se volvió á su casa, se puso á leer los papeles ingleses, y se quedó dormido.