A la mañana siguiente recibió la carta de Clemencia.
— ¡Por fin! esclamó, el hielo se deshace.
Despues de leida, Sir George se quedó por mucho tiempo completamente parado y aturdido. La carta no traia una queja, una lágrima, ni un epíteto agrio.
— ¡No comprendo! dijo. ¡Cosas de España! Le habrá puesto la carta su director.
Sir George no podia parar; montó á caballo para hacer hora.
A las dos fué á casa de Clemencia; la señora habia salido.
Sir George no pudo disimular su despecho, y preguntó con indiscrecion que dónde habria ido, pues le precisaba hablarla. Supo que en casa de su tia la Marquesa de Cortegana, y corrió allí.
— Estás pálida, decia Constancia á Clemencia en aquella hora: ¿te sientes indispuesta?
— No, no lo estoy, respondió esta; los semblantes, como el cielo, no tienen siempre los mismos matices, Constancia.
— ¡Ay, hija mia! ¡si sufrieses lo que yo! dijo la pobre Marquesa.