— Si con eso os aliviase, tia, ¡con cuánto placer lo sufriria!
Abrióse la puerta entónces, y apareció Pepino con su aire diplomático.
— Ahí está uno, dijo.
— ¿Y qué quiere? preguntó Constancia.
— ¡Toma! un ratito de conversacion.
— Pero... ¿quién es ese?
— El señor de Jesu-Cristo.
— ¡Ay! ¡qué barbaridad! esclamó Constancia, tapándose con ambas manos la cara.
— ¿Pues no se llama asin? dijo Pepino que habia oido nombrar á Sir George, Monte-Cristo.
— No, hombre; ese caballero, es el señor D. Jorge el inglés.