— Efectivamente, repuso Constancia, solo la satisfaccion de daros las gracias por el interes que mostrais por mi madre, me hubiese separado de su lado.
Sir George saludó y salió.
Volvióse á su casa en un estado en que le agitaban igualmente el pesar, el coraje y el temor.
Escribió una carta apasionada y afligida, en que se veian las señales de sus lágrimas, espresando su arrepentimiento y formulando las mas vivas instancias porque Clemencia le perdonase lo que á su pluma se escapó en un momento de celos y de despecho.
Clemencia leyó la carta; pero Sir George se habia desprestigiado con ella; aquel ídolo que ella hiciera tan bello, habia caido de su falso pedestal; las espresiones de la carta le parecieron afectadas, las ideas falsas, el lenguaje palabrería hueca, y las lágrimas gotas de agua.
La venda habia caido.
Clemencia no contestó.
Al dia siguiente Sir George, desesperado, pues entrevia que en una mujer de carácter tan superior como era Clemencia, por grande que fuese el poder de su amante corazon, seria aun mayor el de la voluntad dirigida por la razon y estimulada por la dignidad femenina, volvió á escribir, y esta vez su carta mas sincera, era mas sencilla, y por lo tanto mas elocuente.
Pero Clemencia no la abrió, y se la devolvió cerrada con un sobre.
Entónces Sir George se abatió profundamente, no porque se despertase en aquel corazon muerto una pasion real y sentida por Clemencia, eso no era posible: cenizas no levantan llama. Pero ese hombre para quien la vida habia perdido todos sus prestigios, todos sus goces, todo su interes, todo su valor, todas sus escitaciones, habia hallado en Clemencia el solo ser que sobrepujaba por instinto á toda su adquirida aristocracia intelectual; la sola mujer que con su gracia, á la vez aguda é infantil, su saber y su inocencia, su inteligencia de primer órden y sus sentimientos de alta esfera, su poesía de corazon, y su sensatez en la vida práctica, le atraia, le interesaba, le entretenia, le sorprendia; en fin, habia logrado lo que no otra, llenarle.