¡Estraña anomalía! El impulso que sentia hácia Clemencia, y el deseo de reconciliarse con ella, llevó á Sir George, el escéptico, el positivo, el estóico y desdeñoso, hasta el punto ridículo de hacer los estremos de un héroe de novela: rondó la calle de Clemencia noches enteras, escribió carta sobre carta, se fingió malo, obsequió á D. Galo con un par de pistolas de Manton (el regalo mas inútil del mundo); pero todo fué en vano y se estrelló contra la resolucion, que despues de un íntimo convencimiento, habia inspirado su sano juicio á Clemencia.

Sir George se hacia ilusion, ó queria hacérsela, de que esos estremos eran hijos de un sentimiento vivo y vigoroso, y pulsaba con ansia su corazon por cómo latia; pero era en vano! la cuerda de ese bello reloj estaba gastada; y cuanto hacia era ficticio: no se pudo engañar, y acabó por reirse con agrio desden de sí mismo.

— ¡Y que haya, decia con amargura, hombres que afecten mi estado! ¡Hombres que se afanen en hacerse la antítesis de Prometeo, no buscando, sino apagando la llama de la vida!

Entónces Sir George cayó en uno de esos acesos de misántropo esplin, que le hacian el mas desgraciado de los hombres; tanto mas, cuanto que queria disimularlos; y de los cuales solo Clemencia hubiera podido sacarle con su trato encantador, como David á Saul de los suyos, con su melodiosa arpa.

CAPITULO X.

Pablo al recibir la carta de su prima, se habia apresurado á ponerse en camino. — Algun negocio, pensaba, algun apuro en que se hallará, algun pleito en que la hayan envuelto. Es la primera vez que me escribe: ¡dichoso yo si puedo serle útil!

Pero apénas hubo llegado, apénas pasaron las primeras espresiones de bien venida, cuando le dijo Clemencia:

— Pablo, ¿me amas aun?

Pablo se halló tan sorprendido y trastornado con esta inesperada pregunta, que no contestó.

— Respóndeme, Pablo, dijo Clemencia.