— En buena hora, Pablo, en buena hora; pues solo así he sabido apreciar y comprender cuánto vale á tu lado la verdadera felicidad, y sobreponer esta á todas las demas. Solo así he podido comparar el vacío, lo corrompido, lo exhausto, lo seco y lo acerbo de esas naturalezas, que una gran cultura cubre con un barniz tan delicado, que seduce á los inespertos como yo, y á veces es preferido al mérito real por los que no saben apreciar lo bello de la humana naturaleza. He podido comparar este barniz con la verdadera nobleza de alma, con el puro é inmaculado sentir de un corazon sano, con la rectitud de un entendimiento no contaminado con los vicios de la sociedad, con un carácter franco y entero, que sigue con valor la senda del bien, como el Cid la de la victoria, y para el que son instintivos la generosidad, el heroismo, la virtud y la delicadeza; y he podido conocer que aquello que me deslumbró fué lo primero, y que tú, Pablo, que llenas todo mi corazon, cuya compañera voy á ser con entusiasmo, eres lo segundo.
— Con que... ¿me amas, Clemencia? preguntó profundamente conmovido Pablo.
— ¡Con toda la bella exaltacion con que un corazon tierno ama lo bueno! Pablo, te amo con toda la conviccion con que se ama á la virtud, con la constancia con que se ama la dicha, con toda la ternura y abandono con que se ama al que se escoge libre, voluntaria y reflexivamente por compañero ante Dios y los hombres.
— Unidos, pues, esclamó con voz ahogada por su emocion Pablo, unidos para siempre, unidos irrevocablemente, inseparables en la tierra y en el cielo!... ¡Oh, Dios mio! Es posible tanta felicidad?
Y arrastrado por un impulso irresistible, Pablo cayó á los piés de Clemencia, y ocultando entre sus manos su rostro bañado de lágrimas, lo apoyó sobre las rodillas de la que iba á ser su mujer.
— Pablo, dijo Clemencia despues de un rato de silencio, satisfaz un capricho de mi corazon, y díme, ¿qué te ha llevado á amarme?
— Es todo, sin que nada pueda precisar, respondió Pablo sin levantarse: es porque TU eres TU.
— ¿Pero es mi figura, lo que te es grata? ¿Son mis sentimientos los que te son simpáticos? ¿O son mis pensamientos los que te seducen?
— Nada de eso es, Clemencia; tu figura, tu sentir y tu pensar me son gratos y simpáticos y me seducen, porque SON TUYOS. Róbete un mal tu hermosura, tu talento, tu sentir vivaz y poético; yo, Clemencia, te amaria lo mismo; te amaria loca, sin que me lo agradecieses; ¡te amaria muerta... como te he amado sin esperanzas!
— ¡Esto es ser amada, y esto es la dicha! dijo Clemencia enternecida, apretando entre sus delicadas y blancas manos las honradas y varoniles manos de su primo.