Pablo comió en casa de Clemencia, y á la tarde vino D. Galo á tomar con ellos café.

Clemencia estaba brillante de alegría como lo está la naturaleza cuando despues de una corta tempestad le sonríe el sol.

— ¡Qué alegre estais, Clemencita! dijo D. Galo paladeando una copa del rico licor que se hace en el puerto de Santa María.

Y ciertamente Clemencia lo estaba. La soberbia y acerba conducta de Sir George comparada á la de Pablo, no solo la habia hecho apreciar la delicadeza y generosidad de la de este, sino que la primera le causó un sentimiento de temerosa repulsa que le hizo huir de aquel hombre duro, á la par que hizo brotar un aprecio tierno y simpático hácia Pablo que la llevó á apegarse al que á tanta entereza unia tan delicado cariño. Sentia al lado de Pablo lo que el viajero que goza de la dulce sombra y tranquilo descanso de una bella encina, despues de atravesar jadeante un áspero y quebrado suelo bajo los rayos de un sol picante: así fué que contestó con sincera y alegre exaltacion:

— Soy como las niñas, amigo mio, aunque cuento cerca de seis olimpiadas. Hablaré mi lenguaje, ya que me echan el baldon de ser sábia. ¡Estoy tan alegre! ¿Sabeis porqué?

— No atino, hija mia.

— Pues es, repuso Clemencia acercándose á su oido, es porque... me caso: no quiero ni tengo por qué callárselo á tan buen amigo.

D. Galo hizo tal movimiento de sorpresa, que el licor que contenia su copa, tuvo las oscilaciones del flujo y reflujo del mar. No era la sorpresa de D. Galo causada por no haber notado en Clemencia particularidad con ninguno de sus apasionados, sino porque, sin darse él cuenta del porqué, se habia figurado que Clemencia en la tierra, así como las estrellas en el cielo, estaban muy bien é inamoviblemente colocadas, y que su variacion era un cataclismo en el órden establecido. Ademas, en la buena moral de D. Galo, era para él el anuncio del casamiento de una bella, lo que es para el cazador, por torpe que sea, el anuncio de la veda: así fué que esclamó consternado:

— ¿Que os casais? ¿De veras?

— ¿Y porqué no, señor mio? ¿Tienen las sábias, ademas de otras desgracias, la de ser incasables?