— Pero... — dijo D. Galo sin prestar atencion á lo que decia Clemencia, y esperando aun que lo dicho fuese una broma;—¿pero... quién es el dichoso?
— El dichoso,—¡porque á fe mia que lo será! — es D. Pablo Ladron de Guevara, mi primo, y desde ahora el amigo de los que lo son mios.
Pablo alargó sonriendo la mano á D. Galo.
— ¡Sea en buen hora... sea para bien! tartamudeaba cortado D. Galo, felicito... tomo parte... celebro... ¡los Guevaras están predestinados!... Y entre tanto, examinando la persona de Pablo, que vestido de traje de ciudad no tenia el aire de un petimetre de los modernamente designados con la palabra inglesa dandy, se decia á sí mismo: ¡Quién es capaz de comprender los caprichos de las bellas hijas de Eva! ¡Vea Vd., Clemencita, que hubiese podido escoger entre la flor y la nata!... ¡yo la creia incasable!... ¡si hubiese sospechado lo contrario!... ¡Casarse! ¿A qué santo? ¿No estaba tan bien así? ¡Me he llevado chasco! — no seré el solo.
— D. Galo, añadió alegremente Clemencia, este es un gran secreto; pero que no me importa que todo el mundo lo sepa.
— A muchos lo callaré, contestó en su tono galante y con su mas chusca sonrisa D. Galo, porque no me gusta ser portador de malas nuevas.
Vamos, añadió para sí, — echando con disimulo el lente á Pablo, que en este momento se habia puesto á escribir en el escritorio de Clemencia una carta á Villa-María, — sobre gustos no hay nada escrito. Cuando Clemencia le ha elegido, tendrá mérito; solo que por mas que miro, me persuado que no está á la vista.
A la noche D. Galo fué algo mas temprano de lo que acostumbraba, á la tertulia de la señora de la Tijera.
— Voy, dijo aun ántes de sentarse, á dar á Vds. una noticia que de cierto ignoran, y tan fresca que es nonata para el público.
Inmediatamente fué D. Galo asaltado con esta descarga de preguntas: