— ¿Cuál amiga? preguntó Sir George. ¡Tengo tantas! pues soy como vos, Señor Pando, gran partidario de las bellas. ¿Será quizas la valiente coronela Matamoros?

— No señor, no señor; es jóven, hermosa, fina, discreta, y sobre todo, buena como no otra.

— Hay tantas jóvenes, tantas hermosas, tantas finas, tantas discretas y tantas buenas en Sevilla, que seria difícil para mí acertar por esas señas quién pueda ser.

— Pues os diré — D. Galo tomó un aire entre importante y satisfecho — que es nuestra apreciable y querida Clemencia.

— ¡Es mentira! gritó Sir George levantándose airado y empujando la mesa.

No es fácil esplicar la sorpresa mezclada de susto que sintió D. Galo al ver á Sir George ante sí, erguido, el rostro encendido y los ojos centelleantes, sin saber á qué atribuir aquel furioso repente.

— ¿Qué le ha dado? pensó. ¿Será esto efecto de ese malhadado esplin de los ingleses, que á otros ha llevado á tirarse un pistoletazo? ¿Si buscará un duelo? ¡Jesus! aquellas pistolas de Manton que me regaló... ¿si seria con la idea?... ¡estamos bien!... ¡qué hombre tan peligroso! ¡záfese Vd. de compromisos con semejantes osos!... Pero no, añadió volviendo á sus naturales, pacíficas ideas; lo que me parece al ver su rostro tan alterado es que está enfermo; veamos de apaciguarlo, pues nada he dicho que pueda incomodarle: así fué, que dijo:

— No miento, mi querido señor, ni penseis que soy capaz de hacerlo, y ménos con el fin de inducir en error á una persona como vos, que tanto aprecio; si lo he dicho, es porque lo sé de la misma boca de Clemencia, que añadió no ser esto un misterio; si no estuviese autorizado, yo no seria capaz de publicarlo.

— ¿Ella os lo ha dicho?

— Y puedo lisonjearme, respondió D. Galo, que se iba recobrando y serenando, de que soy el primero de sus amigos á quien ha honrado Clemencia con su confianza. Por cierto que ya tengo encargado á Cádiz un tarjetero de filigrana, de oro-plata y esmalte de Manila, para regalárselo. Pero os suplico que me hagais un favor, señor D. Jorge.