Lo que D. Galo decia de la mejor fe del mundo, no pareció tal á Sir George, por lo cual le dijo sin levantar la voz:

— Señor D. Galo, ¿preferís salir por la puerta... ó por la ventana?

D. Galo se levantó, cual si por medio del asiento de su silla le hubiesen pinchado con una espada.

— Que Vd. lo pase bien, señor D. Jorge, dijo cogiendo el sombrero; yo deseo que Vd. se alivie.

— Y yo... ¡que el diablo cargue contigo! dijo en inglés y entre dientes Sir George.

Apénas bajó D. Galo de dos en dos los escalones de la escalera, y se vió en la calle en seguridad, cuando se dijo:

— ¡Toma! ¡toma! ¡Y yo que no caia! ¡Torpe de mí! ¡Toma! ¡toma! ¡La de los ingleses! una turca de las buenas; habrá almorzado con algun paisano suyo, y se habrán bebido un par de docenas de botellas de Jerez. ¡Y yo que no me apercibia! ¡qué torpeza! ¡Ya!... ¡como que aquí en España no estamos hechos entre las gentes finas á semejantes chocarrerías!

D. Galo se fué en seguida en casa de Clemencia, á quien halló sola.

— ¡Jesus! dijo poco despues de haber entrado: no podeis pensar el mal rato que he pasado.

— ¿Sí? lo siento. ¿Por qué causa y dónde?