— Por causa y en casa de D. Jorge. ¡Jesus!

— Pero, ¿con qué motivo, amigo mio? preguntó Clemencia algo inmutada.

— ¿Porqué... Clemencita?...

D. Galo se sonrió con la chuscada que acostumbraba, aun cuando lo que decia fuese lo que se llama, nada entre dos platos.

— Vaya, decid, D. Galo; dijo Clemencia, á quien la respuesta de D. Galo inquietaba.

— Clemencia, solo á vos y en confianza lo digo.

— Sabeis que soy callada, D. Galo.

— Sí, sí, por eso os lo diré. Fuí, pues, allá esta mañana; un paso de atencion.

— Ciertamente. ¿Y bien?...

— Pues sabréis que D. Jorge estaba...