D. Galo abrió la mano y apoyó su dedo pulgar en sus labios, guiñó un ojo, se sonrió en grande y añadió: Ya me entendeis.
— No os entiendo, repuso Clemencia.
— Pues nuestro inglés estaba... dijo D. Galo, y acercándose á Clemencia, añadió: ¡ebrio!
— ¡Ebrio! esclamó esta asombrada.
— Como una cuba, repuso D. Galo.
D. Galo refirió con todos sus pormenores la referida escena á Clemencia, y esta lo comprendió todo: no era mujer bastante vulgar para gozarse en el despecho de Sir George, pero sí bastante delicada para que le chocasen los insolentes y acerbos procedimientos con que habia insultado al hombre mas benévolo é inofensivo, y que era ademas amigo de ella. Así fué que aun esta escena contribuyó á hacerle conocer todo lo áspero y duro de aquella naturaleza que la inteligencia habia podido elevar, la esquisita sociedad pulir, pero á la que nada habia podido dar un corazon, sin el cual son todos los demas dotes, bellas vestiduras, resplandecientes coronas que encubren un esqueleto.
Durante esta conversacion, Sir George, que se habia quedado solo, se paseaba por su cuarto en un estado de cólera y exasperacion el mas violento, y se decia:
— ¡Joué! ¡burlado!... ¡como un pollito! ¿Y por quién? ¡por una mujer que ha pasado la mitad de vida en un convento, y la otra mitad en el campo! por una hija de la naturaleza, criada por un fraile sentimental y ascético! ¡Y yo que creí que me amaba! ¡Oh! qué anomalías se ven en las españolas! Entre estas mujeres, las que valen son culebras insujetables. La ofendí, lo confieso; pero he querido pedirle perdon, y no he podido ni aun verla! — Son estas mujeres suaves flores con tallos de acero. No conocen la vanidad cuando compite con su innato é indomable orgullo mujeril.—¡Casarse con otro, cuando le ofrecí ser mi mujer! ¡Qué insolencia! ¿Y con quién? ¿Será con su recien llegado primo Cortegana, ese chisgarabís, ese mono afrancesado? No; será con un pastor Fido, inocente como sus corderos. ¡Y ese imbécil de Pando que no me lo ha dicho! siento no haberle tirado por la ventana! ¡Y esa criatura se aviene á encerrarse en ese círculo vulgar y mezquino! ¡Oh! ¡es una criatura incomprensible! todo lo sabe por instinto, como el ruiseñor la melodía! Ella me rejuvenecia — á su lado vivia — me animaba — me alegraba! — sabia cual la aurora echar sobre todo un rosado tinte. — Pero... ¿quién es ese marido que ha surgido como por magia á sus piés en el momento oportuno? ¿Lo tendria de reserva? ¡Ah! ¡no! esa mujer no era artificiosa, — no; pero está llena de supersticiones: — me habria querido hacer papista... ¡Vamos! esto al fin ha tenido mejor desenlace que si me hubiese dejado arrastrar á casarme, y con eso me hubiese dado á mí mismo la patente de machucho.
Sir George se arrellanó en su sillon á la chimenea y encendió un cigarro; pero al momento despues lo tiró, y esclamó con rabia:
— Pero... ¡vive Dios! ¿Qué hago? ¿Quedarme? no; sin ella me fastidia Sevilla; me iré al Cáucaso, que no he visto. Vamos, judío errante, coge tu báculo; que el movimiento rejuvenece el cuerpo y distrae el ánimo. Lo conocido fastidia, busquemos lo desconocido.—¡Ah! añadió, ¡solo una cosa he hallado que fuese para mí desconocida!... ¡y esa fué ella! ¡luz fugitiva que de la oscuridad salió, para volver á hundirse en ella! Pero no creais que me afligís, señora; una dama hay mas bella, mas amable, mas querida de mí que lo sois vos, y es la dulce y encantadora libertad. No, no compiten vuestros encantos con los suyos; si lograros era á costa de perderla, vale mas una decepcion que una cadena: así pues, all is well that ends well. Bien está lo que en bien acaba.