— Para recibirte debidamente, contestó Pablo en el mismo tono festivo, debo partir mañana.
— Nada de eso, Pablo; hagámoslo todo sin misterio y sin ostentacion.
— Pero con prisa, Clemencia; mira que mi felicidad me parece de tal suerte un sueño, que vivo angustiado con el temor de despertar.
— Pablo, en mí no estará la tardanza, hechas las necesarias diligencias, será bendecida nuestra union bajo los ojos de mi pobre tia que me ha servido de madre, y partiremos en seguida para nuestro dulce hogar doméstico: en él procuraremos imitar las virtudes y hallar la felicidad que allí ostentaron sus anteriores dueños.
Clemencia se apresuró á comunicar su casamiento á la Marquesa y á sus primas.
— Me alegro, hija mia, le dijo su tia, pues ya que te aconsejaron esa boda tu suegro y tu tio, cuenta te tendrá.
— Sí, sí, añadió Alegría, ya que te casas, atente á lo sólido y enseña á tu marido desde un principio á no ser ridículamente celoso y neciamente desconfiado.
— En Villa-María no hay muchas ocasiones que puedan dar pábulo á que se desarrollen estas tendencias, aun dado caso que las tuviese Pablo.
— ¡Pues que! ¿te vas á vivir á Villa-María? esclamó con asombro Alegría.
— Siempre han vivido allí las cabezas de la casa de Guevara, respondió Clemencia: ¿por qué motivo exigiria yo una mudanza de domicilio que no deseo, y que no agradaria á mi marido, sobre todo gustándome con pasion el campo?