— ¿Lo ve Vd.? — dijo Alegría, que á duras penas habia estado conteniendo la risa, — ve Vd., D. Silvestre ¡qué zopenco, qué gaznápiro! Mangoneando ha estado en la antecocina, habiendo roto un vaso y derramado el aceite de un reverbero. Andrea ha querido enseñarle cómo se hacen las cosas; pero él dice que todo lo sabe; que el que ha estado veinte años en casa de la coronela Matamoros, puede enseñar, y no tiene que aprender; y que en dos por tres se bebe una casa.

— Nadie nace enseñado, repuso la Marquesa, y vuelvo á decirte que mas quiero á este que á un pillastre con frac; ¡y cuidado cómo te ries delante de él! que aturrullas al pobre hombre.

De ahí á un corto rato, se volvieron á oir las zancajadas del diligente fámulo, que entró con su mas radiante sonrisa y sus mas contoneados movimientos.

Traia en la mano un bulto liado en papel de estraza.

— Ahí tiene V. S., dijo presentandoselo á la Marquesa.

— A mí no me los des, dijo esta; llévalos al comedor y ponlos bien puestos en un plato de los de postres.

— ¡Qué mal olor! esclamó Alegría. ¡Jesus! ¿qué es eso?—¿Qué trae ese hombre que ha inficionado todo el cuarto? ¿Qué es eso? á ver...

Pepino se volvió, y dijo entreabriendo el papel:

— Son los arenques, señorita. Véalos su mercé.

— ¡Véte, corre, tira eso! esclamó Alegría, soltando la risa, y díle á Andrea que venga á sahumar.