— Sí; ¡qué majadería! ¿A qué viene eso?

— Es que no los quiere traer el mozo.

— ¿Que no? ¿Por qué?

— Porque dice que nunca ha oido nombrar semejante cosa; que es un chasco que le queremos dar, mandándole por una cosa que no encuentre, y que no es la primera vez que en las casas en que ha estado, le han hecho esa jugarreta.

— Díle que venga acá, dijo gravemente la Marquesa.

De allí á un rato, apareció el fámulo á paso de ataque, alta la frente, gracias al corbatin de charol, y se cuadró en su posicion; pero tan cerca en estremo de su señora, que esta que se habia propuesto dispensarle todas sus desmañas, é irle enseñando, le dijo:

— Mas léjos, hombre; cuando te se llame, te quedas á la puerta aguardando órdenes.

Pepino dió media vuelta á la derecha y se plantó en su posicion á un lado de la puerta; pero no sin haberle dado, al volverse, un talonazo que hizo retemblar todos los cristales en sus compartimientos.

— Ten entendido, le dijo la Marquesa, que tienes que traer cuanto te pida Andrea; y que no tenga que volvértelo á decir. Ahora vé y trae los merengues.

Pepino dió media vuelta á la izquierda, y desapareció á paso redoblado.