— Que usía se conserve.

— Es una alhaja, pensó la Marquesa.

— ¡Cuatro duriños! ¡hice un viaje á las Indias! pensó el ex-asistente de doña Eufrasia; y se separaron muy satisfechos el uno del otro.

Al dia siguiente, poco ántes de la hora de la comida, decia Alegría á D. Silvestre, que los juéves semanalmente les acompañaba á la mesa:

— Madre ha tomado un criado, que solo su merced es capaz de apreciar. Es un desdoro para una casa tener en ella semejante facha grotesca, un gaznápiro igual. Pero á madre le entró por el ojo como un abejorro, porque le recomendó Doña Eufrasia que dice (Alegría se puso á remedar la voz de bajo de la Coronela para añadir) es muy hombre de bien; como si bastase ser hombre de bien para saber servir, y como si la recomendacion de esa sarjenta mayor fuese una patente. ¿Qué entenderá ese documento de archivo de lugar, del buen servicio de una casa? ¡Vea Vd.! ¿qué ha de saber de finura la que llama á los helados alelados, á los pigmeos pirineos y á los misterios ministerios, y que saluda diciendo: ¡Dios guarde á Vd.!

— Calla, calla, pizpireta, esclamó la Marquesa. ¿Qué se entiende hablar así de una señora como Doña Eufrasia, una mujer tan virtuosa, tan para todo, y que tanto sabe? Le digo á Vd., D. Silvestre, que es una suerte, en medio de mis desgracias, que se me haya proporcionado este criado, que es honrado, no es enamorado, ni bebedor, ni fumador. Dice Eufrasia que sirve á la perfeccion, y asiste al pensamiento, y que es un criado como hay pocos.

— Bueno es el juez y el fallo mejor, dijo Alegría.

— Pues sí que lo son, deslenguada. Pero hoy dia quieren cacarear los pollos mas recio que los gallos, y las pollitas saber mas que las gallinas. ¡Así anda ello! Quiero mejor en mi casa un hombre de bien, aun dado caso que estuviese torpe al principio, que no un tunantillo listo, que ademas de servir, sepa otras tracamundanas.

En este momento entró Andrea, el ama de llaves.

— Señora, dijo, ¿no ha mandado V. S. que se traigan merengues para postres?