— Le llevo un paráguas; bien está, usía.

— ¡No, hombre, qué disparate! lo tomas en brazos con muchísimo cuidado, y lo pones bajo techado.

— ¿En brazos? ¡Pues qué! ¿no sabe andar?

— ¿Cómo ha de andar una estatua de yeso, hombre?

— ¡Ya! ¿De yeso? Ya estoy. Aquel angelote es un Mercurio; cuidin que era un muñeco. Pierda cuidado usía; que he de mirar por él como por mi propio hijo, y como si fuera de carne y hueso como yo y usía.

— Muy bien; eso me place, que tomes interes por las cosas. Doy cuatro duros de salario. Ve si te acomoda.

— Señora, en la casa en que estaba, ganaba dos.

— Puedes venir desde mañana.

— No faltaré, usía; ántes faltará el sol.

— Pues á Dios.