Al llegar, hallaron reunidos, no solo á los muchos criados de la casa, pero casi á todo el pueblo, que los recibió con las mas marcadas y sinceras muestras de adhesion y cariño. Juana lloraba de alegría. Sus nietas se abalanzaron á Clemencia besando su vestido. Miguel Gil y los demas criados enternecidos, bendecian á los novios y repetian:
— ¡Tal para cual!... ¡Si no podia dejar de suceder!
Hasta la tia Latrana se hizo lugar para dar la bienvenida á Clemencia, y pedirle los dulces de la boda.
Clemencia entró enajenada en los cuartos que habia habitado, y que halló en el mismo estado en que los dejó. Sus flores esparcian sus mas suaves fragancias, los pájaros lanzaban sus mas alegres cantos como para darle la bienvenida. De todo esto habia cuidado Pablo con el esmero con que conserva y da culto el amor á los recuerdos.
Clemencia se sentia tan apaciblemente feliz como el navegante que despues de correr una tormenta y estar pronto á naufragar, vuelve á pisar la tierra y á sentarse en su hogar. Todo lo miraba y acariciaba con la vista; todo lo examinaba y lo tocaba con cariño. Abrió su escribanía, y registrando uno de los cajones esclamó:
— ¡Ay Pablo! mira lo que he hallado aquí: la cedulita que me dió aquella gitanilla que me dijo la buenaventura. Ahora recuerdo que me encargó que la abriese el dia que me casase, y me cercioraria de si habia ó no acertado en su prediccion: despégala, Pablo, con tu corta-plumas, que deseo verla.
— Si te complazco lo haré, Clemencia: es una niñada; pero su pureza conserva la infancia á tu corazon.
Clemencia se acercó á su marido para leer el papel. Pablo despegó la cedulita y leyó:
— Bien sabe la rosa...
— ¡En que mano posa! esclamó Clemencia acabando la frase que recordó, y apoyando su rosada cara en el noble pecho de su marido.