«Era un hombre de noble carácter y de un mérito poco comun. Habiendo perdido á su único hermano por el puñal alevoso en Roma, en donde hacia parte del ejército auxiliar del Papa, y visto caer á su padre en las jornadas de Febrero de 1848, salió abatido y desesperado de su país á viajar: circunstancias que han quedado ocultas le determinaron á dejar á Europa y pasar á los estados de la Union en que ha hallado la muerte. En él se estingue una de las casas mas antiguas é ilustres de Francia. Su mérito, sus virtudes y la firmeza de su carácter, hacen su pérdida doblemente dolorosa á cuantos tuvieron la dicha de conocerle.»
— ¡Pobre Vizconde! dijo con tristeza Clemencia. ¡Qué fatalidad se encarnizó en su estirpe! Mucho me afecta su muerte.
— Vaya, añadió Pablo que ojeaba un periódico español, hoy es dia en que salgan á relucir en los papeles nombres conocidos tuyos: aquí se habla de Sir George Percy, que pienso era tambien uno de tus tertulianos.
— Sí por cierto, repuso Clemencia; ¿y qué dicen de él?
Pablo leyó:
— «El 15 del actual ha tomado asiento en la Cámara de los Pares, Su Honor Sir George Percy, que ha heredado el titulo y manto de par de su tio Lord Wilfrid. Se ha estrenado con el mas incisivo y amargo discurso de cuantos se han pronunciado contra los católicos. De resultas, el jefe del gabinete le ha declarado benemérito de la patria, y en un meeting protestante se ha determinado erigirle en vida varias estatuas de diferentes tamaños, como al Lord Wellington.
— ¡Pablo, Pablo! ¡cómo improvisas! esclamó Clemencia riendo. ¡Con qué seriedad inventas y emites despropósitos!
— No señora, no señora; no son despropósitos, dijo el Doctor; es muy probable y muy verosímil que sea así. Despues de lo que ha pasado allá, despues de haber visto públicamente llevar en procesion burlesca y quemar en efigie al Santo Padre y otros venerables sacerdotes, como en los bellos tiempos de la reforma, sin que el mas ilustrado y tolerante de los gobiernos y el mas ilimitado en la libertad de cultos, pusiese obstáculos á esas anticultas bacanales, á esas orgías anglicanas, ¿qué se podrá dudar?
Veamos el pulso, señora, añadió poniéndose en pié para marcharse. ¡Siempre en caja! dijo despues de pulsar á Clemencia: señora, vuestro pulso es como vuestra alma; Señor D. Pablo, cuando este verano cojais esas hermosas cosechas con que parece Dios bendecir vuestra casa, será el mas bello fruto con que os favorezca, un hijo tan hermoso como su madre, tan bien constituido como su padre, tan bueno como ambos.