Pero algun tiempo despues tuvo la Marquesa el dolor de ver á su favorito venir á servir el almuerzo en un doloroso estado. Cojeaba y estaba medio derrengado; uno de sus ojos yacia oculto en una prominente hinchazon, del fondo de la cual salia su triste mirada como un rayito de luna por una rendija.

La noche ántes, al ir á llevar una carta al correo, manos invisibles por la oscuridad le habian apaleado á su sabor, diciéndole que era por la primera; que á la segunda se le cortaria la lengua.

La Marquesa compadecida esclamó que así perseguia siempre en este mundo el vicio á la virtud, y dió á su virtuosa policía secreta cuatro duros por via de indemnizacion de los percances del oficio.

Al percibir la moneda de oro, el mencionado triste rayito de luna se trocó en brillante rayito de sol.

CAPITULO V.

Constancia no tenia mas que una amiga y una confidenta, y esta era Andrea, que habia sido su ama.

— ¡Válgame Dios, hija! — le decia esta una mañana en que solas se hallaban en el cuarto de Constancia:—¿es posible que des esta pesadumbre á tu madre; que desperdicies tan buena suerte como se te brinda, todo por haberte encariñado á tontas y á locas? ¿Como que te parecia todo el monte orégano!... Bien te lo avisé; pero los consejos son como los muertos: no se conoce lo que valen hasta que pasa su tiempo. Recuerda cuántas veces te dije: Ese muchacho, muy bueno será, no digo que no; pero con él no puedes pensar en casarte.

— ¿Y quién piensa en casarse? repuso ásperamente Constancia.

— ¿Quién piensa en casarse? Mire Vd. qué cuajo! ¡Toma! Todas las mujeres; que no tienen otro guiso, á ménos que no se quieran meter monjas.

— Ahí es donde vas errada, ama; que las hay que no piensan ni en lo uno ni en lo otro.