Omitiremos los incidentes del mismo género de los referidos, que acaecieron en los postres, y pasaremos con la Marquesa y demas á la sala donde iban á tomar café. Apénas se hubieron sentado, cuando entró Pepino trayendo la batea, con la cabeza tan erguida y tan quebrado de cintura, que no parecia sino que traia una corona y un cetro que ofrecer á su señora.
Colocóla sobre la mesa, preparándose con soltura á servirlo, medio llenando en un abrir y cerrar de ojos las tazas de azúcar.
— Véte, Pepino, dijo la Marquesa; el servir el café no es de tu incumbencia.
— Yo no quiero que sus mercedes se incomoden; respondió el obsequioso mozo, agarrando con denuedo la cafetera.
Constancia se la arrebató, ántes que la fusion del líquido y del azúcar hubiesen producido el almíbar de café que de ella debia necesariamente resultar.
Algun tiempo despues vió confirmadas la Marquesa las esperanzas puestas en la fidelidad y moralidad del ex-asistente de Doña Eufrasia, puesto que en una entrevista particular y confidencial que tuvieron, descubrió con escándalo y dolor: primero, que la cocinera fumaba; segundo, que la mujer de cuerpo de casa se bebia el vino; tercero, que la costurera se llevaba de noche varios comestibles á su casa; cuarto, que la doncella tenia un novio que le hablaba por la reja; y quinto, que Andrea sabia y hacia la vista larga á todas estas infamias.
— ¡No puede ser! esclamó horripilada la Marquesa al oir tan funestas revelaciones.
— Pues no lo crea usía, repuso con toda su dignidad el fiel servidor, sentido de que su señora dudase de su veracidad. No lo crea usía; á bien que no es voto de castidad.
Pepino queria decir artículo de fe.
Con esto hubo una de San Quintin en la casa. Llovieron sobre Pepino como saetas las miradas malévolas, y fué el blanco de las indirectas mas punzantes. Pepino envalentonado con la creciente proteccion de su señora, todo lo miró con el frio desden con que una pared maestra los pelotazos de niños dañinos.