— Calla, volvió á decir la Marquesa: coloca el pollo delante del Señor D. Silvestre, y no vuelvas á meter tu cucharada en nada.
— Señora, esclamó el interpelado, pasando repentinamente de su aire jovial á su aire digno, no he metido en nada mi cucharada; yo sé vivir; desde que almorcé no he probado bocado.
— Lo que se te advierte, repuso impaciente su ama, es que no hables; enmudece, y no te estés ahí parado. Trae lo demas; ¿á qué aguardas?
— A que acaben sus mercedes de comer el pollo, contestó el inteligente mozo de comedor.
— Anda, hombre, y haz lo que se te manda, advirtió con renovada paciencia su señora y directora.
Pepino volvió en seguida con otra fuente, que contenia corbina guisada.
— ¿Dónde coloco esta corbeta? preguntó.
Alegría prorumpió en carcajadas.
— Ese hombre no sabe ni hablar, dijo ásperamente Constancia.
— ¿Que no sé hablar? repuso con su aire mas majestuoso Pepino. Señorita, otra cosa no sabré, pero lo que es hablar, lo aprendí desde que nací.