— Por lo visto, reparas tú mas en la cara, ya que has hallado al Marques tan buen mozo, dijo con burla Alegría.

— ¡Pues ya se ve! contestó sencillamente Clemencia; la cara es la que se mira.

— ¡Vea Vd. la monjita, lo que le gusta mirar á la cara á los hombres! Pues, hija mia, en mi vida miro yo una cara que á mí no me haya mirado.

— Si yo hiciese otro tanto, pocas caras tendria que mirar, dijo la pobre niña.

— Así pondrias toda tu atencion en la hermosa fisonomía de tu apasionado D. Galo, repuso su prima; pues ese te mira bastante con lente y sin lente, alegre y melancólicamente, con ojos guiñados y con ojos abiertos, de soslayo y de frente, con disimulo y sin él.

— Es su manera; lo hace de puro obsequioso que es, contestó Clemencia. Lo mismo hace contigo.

— ¿Conmigo? dijo Alegría con aire despreciativo; no, no: sabe ese correveydile, ese tertuliano general y ambulante, que están las uvas de esta parra verdes para sus dedos manchados de tinta de oficina.

— No solo están verdes, sino agrias. ¡Pobre D. Galo! dijo Clemencia.

Antes de proseguir, es necesario dar á conocer al lector el nuevo personaje que se acaba de mencionar (si es que no le conoce, pues todo el mundo conoce á D. Galo), porque en lo succesivo va á ocupar un lugar privilegiado en los cuadros que iremos bosquejando.

CAPITULO VI.