Era este sujeto un empleado, madrileño antiguo castizo, y por lo tanto, si bien podia carecer de la tiesa y desdeñosa afectacion que muchos llaman buen tono hoy dia, tenia una urbanidad y cortesía profundamente arraigadas, que jamas por jamas se desmentian; tenia esa benevolencia y aprecio para los demas, que es la base del buen trato, tan celebrado, y con razon, en los madrileños genuinos.
Era este caballero muy amigo de sociedad y de alternar con todo el mundo, lo que prueba un amable carácter, buenas inclinaciones y mejores costumbres.
Era bien visto en todas partes, y á las señoras les habia dado por protegerle y tratarle con una estrema confianza. Llegaba á tanto su modestia, que agradecia sobre manera esta confianza, que hablaba mucho en favor de su moralidad, pero poco en favor de sus seducciones.
D. Galo Pando, — así era su gracia, — no sabia ni griego ni latin; pero sabia otra porcion de cosas de uso mas frecuente; como era jugar á la perfeccion todos los juegos de sociedad, los nombres de todas las óperas modernas y piezas nuevas, el dia del mes, el santo del dia, las horas en que salia el vapor, y las en que llegaba el correo.
Tenia D. Galo una ilusion estraordinaria por todas las palabras modernas: lamentable y deplorable le sonaban como música de Rossini. El debut y el buffet tenian para él un esquisito perfume de elegancia; en cuanto al séale la tierra ligera, cuando lo veia, se entusiasmaba. Hablaba D. Galo bien de todo el mundo, no por estudio ni afectacion, sino por sentir lo que decia; porque era de la secta de los hombres benévolos, secta que se va perdiendo. Ponia á la sociedad en buen lugar, poniendo á los que la formaban á buena luz; respetaba profundamente todas las opiniones, mirándolo todo bajo un bello prisma sui generis, por el que aparecian las rosas sin espinas, y las víboras sin veneno. En suma, era D. Galo una momia del siglo de oro, resucitada por medio del elixir de vida que inventó Balzac.
Vestia el susodicho, por lo regular, un frac azul claro, con grandes botones dorados; un chaleco blanco, que abria por arriba como una alcachofa, para lucir en la pechera de su camisa un alfiler cuyos brillantes estaban medio dormidos, y un cordon de pelo del que pendia un lente de plata metido en el bolsillo del chaleco. Suspiraba ruidosamente D. Galo cada vez que miraba el cordon de pelo, desde tiempo inmemorial: eso no quitaba que suspirase tambien por una porcion de jóvenes, pero con tan comedidos deseos y cortas exigencias, que quedaba completamente satisfecho, cuando al negarle una hermosa una contradanza y ponerse á bailar en seguida con otro, dejaba su abanico en su honrada custodia. En cuanto á su cabeza...
Díjose en una época calamitosa: ¡Los dioses se van! Ahora en una ídem, ídem, diremos: ¡Los cabellos se van! ¿Porqué será que en este siglo de las luces hay tantos calvos y tantos cortos de vista? Los cortos de vista, se comprende que lo sean, por lo que deslumbra tanto resplandor como dan las dichas luces; pero el cabello, ¿qué tiene que ver con las luces? A esto dicen los dueños de ingratos cabellos, que la emancipacion de estos es debido á la actividad, á la fuerza, al vigor del pensamiento que le roba el suyo al pelo. Así es, por lo visto, que el pensamiento que fecunda tantas cosas, parece que tiene el mal tino de secar las raíces del cabello, á cuya sombra se cria: esta es una mala partida que no pueden disculpar sus admiradores mas frenéticos.
El siglo XIX, que no es el siglo de oro, por mas que se empeñen en que lo sea California, Cabet y Granada, es en cambio el siglo de las ideas; lo que es muy preferible, aunque no sea de nuestra opinion el ministro de hacienda. Lo que tiene es que hay tal abundancia, que es una via láctea de ideas luminosas; son un enjambre zumbon, como los que halló el famoso viajero Humboldt, de mosquitos en los rios de América; en cambio han acabado con los cabellos: los Absalones y Sansones quedan en la categoría de especies perdidas ó razas agotadas, como los centauros y las sirenas.
Se ha tratado de contrarrestar esta funesta propension del cabello á desertar; y para ello se han puesto en juego los medios mas incongruentes. Hase acudido á las moscas, que se han frito bárbaramente en aceite; y cien moscas sacrificadas no han producido la mas leve estabilidad en estos prófugos. Igual ineficacia desairada ha cabido en suerte al rey de los desiertos de Africa y á la fiera de las selvas del Norte, que han prestado su contingente para mantener la disciplina en este ejército á la desbandada; ni leones, ni osos, ni moscas fritas lo detienen. En cambio, han impregnado las moscas los cascos de negras ideas: los leones y los osos, de fieros y belicosos pensamientos (y cate Vd. el orígen del triste estado en que se ve Europa); pero nada han podido sobre el cabello, tan decidido á alejarse de su suelo volcánico, que solo podria sujetarle un áncora de navío aplicada á cada uno.
¿Qué hacer en este conflicto? En época en que cada cual de por sí quiere un voto particular en cada materia, los votos se han dividido. Los unos, filósofos, la mente puesta en Sócrates, los otros, cristianos, pensando en San Pedro, se conformaron con su triste suerte; los poetas formaron una comparsa de sacerdotes de Diana. Otros con coquetería vulgar y falta de espediente, aplicando al caso la parábola de que los últimos serian los primeros, acudieron á los que vegetaban humildes en la nuca, que subieran de categoría viniendo á adornar la mollera, ya retenidos unos con otros por un cabo de seda, ya pegados sobre el cráneo con goma. Los mas refinados acudieron á un término medio, es decir, al tupé, bisoné ó casquete, en cuya confeccion imitó el arte tan bien á la naturaleza, que al ver y al oir á los tales refinados, nos quedamos tan inciertos de si brotan ó no los cabellos de sus cráneos, como de si brotan ó no sus palabras de sus corazones. Otros desgraciados, con una gran plaza de armas y sin un solo soldado para cubrirla, ni débil quinto, ni cano veterano, han tenido que recurrir á la... á la... ¡Válganos Dios! ¡que la elegancia moderna, que tantas palabras altisonantes ha plagiado para reemplazar las antiguas, no haya encontrado alguna para esta necesidad!!! ¿Cómo decir la archivulgar palabra de pe...? el resto es un estado de Italia; lo diremos así en cifra. Este objeto, cuyo nombre técnico se rehusa á estampar nuestra pluma, ¿no podria llamarse restaurador de los estragos del pensamiento, ó bien asociacion de reemplazantes?