D. Galo, sujeto á los contratiempos de la época, habia visto desmoronarse el edificio de su peinado. Un inglés, conocido suyo, le habia dicho en aquella ocasion, que los remedios debian ser enérgicos para hacer el efecto deseado; que las moscas, leones, osos etc., eran lenitivos, y que debia acudir á la mosca cantárida, desleida en algun espíritu fuerte; que era este un remedio no solo conservador, sino restaurador. D. Galo se apresuró á seguir el consejo; pero séase que el remedio en sí no tuviese el debido efecto sino sobre un cráneo inglés, ó que D. Galo con su deseo de lucir una cabellera de segunda edicion corregida y aumentada, exagerase las dósis del medicamento, ello es que la mañana siguiente á la noche en que se lo administró, amaneció en una disposicion, que parado ante su espejo, atónito y estupefacto, se estuvo un cuarto de hora sin poder darse cuenta de si lo que tenia sobre sus hombros era una cabeza humana ó bien una calabaza. Convencido de su desgracia, se metió en la cama, dijo que tenia un cólico; esclamó que los ingleses se habian empeñado en que á los españoles no les luciese el pelo; mandó venir á un peluquero; y mandóle hacer cuatro pelucas, que llevó desde aquella catástrofe alternativamente. La primera era de pelo muy corto; seguíala otra de pelo algo mas largo, la que era reemplazada con otra de pelo mucho mas largo aun, acabando con la cuarta, que era de descomunales greñas. Entónces no cesaba de repetir que su pelo estaba muy crecido, y que al dia siguiente se veria precisado á llamar al peluquero; esto duraba hasta presentarse con la peluca de pelo corto. En estas ocasiones venia indefectiblemente provisto de caramelos de goma, de pastillas de malvavisco y palitos de orozuz que ofrecia á las señoras, asegurando que estaba muy resfriado, merced á la peladura.

Tocante á la edad de D. Galo, fué, es y quedará un problema. Cuando vinieron los franceses el año 23, decian de el: Monsieur Gaalo Paando est un fort aimable ci-devant jeune homme. Lo que quiere decir: «D. Galo Pando es un ex-jóven muy amable.» En 1844, cuando empieza esta narracion, decia la Marquesa de Cortegana á sus hijas: «Para nada se necesitan esos bailoteos; la lotería es diversion de todas edades; y si no, ahí está Pando, que es un hombre mozo, y le divierte mucho.»—

Efectivamente, en veinte años nada habia variado D. Galo: pasaban alternativamente sobre su cabeza las estaciones, y á imitacion de estas, sus pelucas, sin quitarle ni ponerle, sin que adelantase ó atrasase: en compensacion, pasaban igualmente los gobiernos, el monárquico, el progresista y el moderado, lo mismo que los años, lo mismo que sus pelucas, sin atrasarle ni adelantarle en su carrera. Siete mil reales de sueldo que disfrutaba, era número fijo, lo mismo que los dias de la semana; nunca uno mas... nunca uno ménos. Con esto tenia D. Galo el corazon como una breva: y no se tome en sentido ridículo esta comparacion, porque la breva, ademas de parecida en la forma á un corazon, es blanda, dulce, suave, y no encierra en sí ni hueso ni película; esto es, ni dureza ni retrechería. Ahora es de notar que la amalgama del corazon tierno, de la cabeza calva y del bolsillo vacío, es una reunion heterogénea; es tener el corazon crucificado, como el Señor, entre dos pésimos perillanes.

Así era que estos crueles tiranos forzaban á Don Galo á un celibato que le era antipático. A veces miraba tristemente el pésimo y estrecho catre en que dormia en la casa de pupilos, en la que por siete reales diarios disfrutaba de las incomodidades de la vida; y al ver aquel espaldar que se redondeaba por cima de su cabeza como una cola de pavo furioso; al ver aquellas cuatro perinolas tan empingorotadas y esbeltas que ni un figurin de moda; aquella desnudez que se ostentaba con cinismo y que no cubrian ni la mas sencilla colgadura, ni el mas simple pabellon, ni el mas leve mosquitero; cuando consideraba aquellos colchones que parecian de pelote, y aquellas sábanas que no parecian de olan; cuando miraba aquella colcha catalana genuina, cuyo dibujo representaba el nacional espectáculo de una corrida de toros, en grandes dimensiones, en términos que en el centro habia un grupo, en el que un toro de buen año cebaba sus iras en un caballo caido, combinándose todo de manera que cuando D. Galo estaba acostado en su cama, parecia el picador debajo del caido caballo, cuando, decíamos, D. Galo miraba tristemente este árido y mezquino aparato de solteron, esclamaba:—¡Potro eres, potro de tormento, cama de hospital, parodia del blando lecho, triste y pobre antítesis del rico y dulce tálamo conyugal!

La necesidad é inclinacion que tenia á gustos y á cariños domésticos, que no podia satisfacer por su propia cuenta, hacia que D. Galo se interesase vivamente y casi se identificase con los de sus amigos. Así era que llevaba la alta y baja de todas cosas en casa de aquellos, mediante la gran confianza que por sus atenciones y buenas prendas se le dispensaba en todas partes. Conocia á cada niño, y sufria sus majaderías como Job las de sus amigos; conocia á los criados, y disculpaba sus faltas con los amos. Como tenia buena memoria, y lo que es mejor que memoria, como ponia una atencion entera y sostenida en las cosas, era en las familias una especie de agenda ó prontuario, al que se acudia para tener datos ciertos de lo que se queria saber; por consiguiente, se veia acribillado á preguntas las mas heterogéneas, á las que contestaba con gusto, con acierto y á satisfaccion del preguntante. Eran las preguntas de este tenor:

— D. Galo, ¿no fué á los cinco meses cuando echó mi niño los primeros dientes? — Sí, á los cinco meses y seis dias: fué el dia de San Andres. — D. Galo, ¿á qué hora llega el vapor? — D. Galo, ¿cuándo murió el arzobispo? — Pando, ¿quién predica mañana en la catedral? — D. Galo, ¿á cuántos estamos hoy? — Pando, ¿quién obsequia á la viudita? — D. Galo, ¿qué dan esta noche? — Pando, ¿está contenta la condesa con su nueva cocinera?

CAPITULO VII.

A casa de la Marquesa concurrian bastantes gentes, de noche, para formar propiamente una tertulia, voz que define el Diccionario de este modo: junta de amigos y familiares para conversacion y otras diversiones honestas.

Entre estas diversiones honestas estaba introducida, — y la Marquesa la tenia en gran estima, — una respetable lotería, que la dicha señora consideraba como salvaguardia austera para impedir los cuchicheos, y como una sustituta ajuiciada de la estrepitosa Terpsícore: los ternos le parecian muy preferibles á los avant-deux; los ambos á los de ligeras piernas, y los números á las cabriolas.

La lotería era para la Marquesa la virtud en cartones, la cartilla de la decencia; aquella cajita colorada y modesta, que venida de Nuremberg, traia su perfume aleman de costumbres sencillas y decentes, habia cautivado para siempre el corazon de la Marquesa. Cual otro Czar de Rusia, habia sabido anonadar esta señora cuantas conspiraciones habian hecho sus hijas contra su honesto y querido juego; y el privado seguia en su no desmentido favor con la autócrata, la que miéntras veia que presidian la mesa, que rodeaba la alegre juventud, el maestro Pino, que así se denominaba el número uno, el abuelo, así se denominaba el noventa, y que hacia su servicio la patrulla, así se denominaba el cinco, por constar de cuatro hombres y un cabo, se entregaba con espíritu tranquilo y corazon sosegado á los goces de su tresillo.