La tertulia era bastante numerosa aquella noche—¡y cosa estraña y no vista! — habian dado las nueve, y el exactísimo D. Galo Pando no habia hecho aun su aparicion.
D. Galo era una necesidad en la tertulia de la Marquesa, porque era el complemento de la lotería, encargado como estaba de sacar los números; cargo que ejercia con una equidad, gracia y perseverancia admirables. Triste y desanimada se veia, pues, aquella gran mesa, cubierta de la bayeta verde en que se decidian los destinos de los ambos y de los ternos, con la falta de su presidente.
La Marquesa jugaba al tresillo, y con asombro de D. Silvestre hacia renuncio sobre renuncio, distraida por el chapaleteo de un intempestivo aguacero de verano.—¡Qué apuro!... murmuraba entre dientes. — La vela... el Marques, que prometió venir, y aun no ha venido... ¡Jesus! ¡Las estatuas! Capaz es ese Pepino de no haberlas recogido... ¿Si se habrá ofendido el Marques con Constancia... Las macetas...
Alegría estaba rodeada de unos cuantos jóvenes, entre los que se distinguia Paco Guzman por su buena figura y genio festivo.
— Agua por San Juan, le dijo Alegría, tiene fama de quitar vino y no dar pan.
— Novios hay que son para las muchachas lo que el agua por San Juan.
Esta sentencia echó la robusta voz de Doña Eufrasia, como una bomba, en medio de la alegre reunion de jóvenes, yendo particularmente dirigida contra Paco Guzman, á quien conservaba una rencorosa ojeriza desde la profanadora voz de pendencia; de que se habia valido para designar la guerra contra el frances.
En este momento todas las cabezas se volvieron hácia la puerta, al ver entrar á Pepino que traia en brazos con el mayor cariño, abrazándola por sus desalados piés, la estatua que servia de adorno á la fuente del patio.
— Señora, preguntó ¿é adónde meto el Mercuriño?
— Hombre, — contestó la Marquesa de mal humor, y sin participar de la hilaridad general que causó la aparicion de aquel nuevo Enéas, — ponlo en un ángulo del corredor; y otra vez infórmate de Andrea de semejantes pormenores.