Pepino, algo sentido de la ingratitud de su señora, dió una vuelta brusca y con él el Mercurio, y se dirigió apresuradamente hácia la puerta, quedándose prendida y arrancada un ala de la cabeza de aquel en el fleco de la sobrepuerta, de la que quedó colgando perpendicularmente como un dormido murciélago.

La Marquesa se quedó fria de dolor y muda de indignacion.

— No vi alas mas desgraciadas que las de ese pobre Mercurio, esclamó riendo Alegría. Esta nueva catástrofe es una conspiracion de los desposeidos piés contra la emplumada cabeza.

— Y cate Vd. una demostracion de la democracia, observó Paco Guzman.

— ¿Y dónde pongo los otros Mercurios? gritó Pepino desde la antesala, aludiendo á las estatuas de las cuatro estaciones.

— Eufrasia, hija, le dijo en un aparte la Marquesa; hazme el favor de ir á cuidar de eso, porque las flojas de mis hijas, sin consideracion por mí ni por las estatuas, no se moverán ni darán un paso para cuidar de ellas; ni tampoco Andrea que está de esquina con el pobre mozo.

Constancia, mas metida en sí que nunca, estaba algo retirada hablando con una amiga suya, y de vez en cuando echaba una furtiva mirada sobre Bruno de Vargas, el que sabia la llegada del Marques, y acodado en la mesa hacia por ocultar sus celos y su despecho, haciendo como que leia un periódico.

En el testero de la mesa, y desatendida de todos, estaba Clemencia preparando y ordenando los enseres del juego de la lotería, que la divertia mucho, y en el que cuando jugaba, ponia sus cinco sentidos.

— ¿Qué le habrá sucedido á nuestro lotero el insigne D. Galo, que no viene á ocupar su presidencia? dijo Alegría. ¿Porqué no vendrá, Clemencia?

— Yo no sé, contestó esta sencillamente.