— Pues deberias saberlo, continuó Alegría; porque han de saber Vds. que Clemencia es la confidenta de D. Galo, que no se corta una vez el pelo sin pedirle permiso.

— No lo crean Vds., esclamó apurada Clemencia en medio de las risas que ocasionó la ocurrencia de Alegría.

— Imposible es, dijo esta dirigiéndose á Bruno, que no estés leyendo algun deplorable ó lamentable evento, segun lo tétrico de tu gesto y lo abatido de tu semblante, primo.

— Efectivamente, contestó este sin levantar los ojos: estaba leyendo la relacion de un naufragio.

— ¿Y tanto te horrorizan los percances de los barcos? tornó á preguntar Alegría con risita burlona.

— Sí por cierto; siempre me han causado una fuerte impresion los naufragios.

— ¿Y porqué? volvió á preguntar con indelicada insistencia Alegría.

— Es porque me da el corazon que he de perecer en alguno.

— ¡Oh! pues no os embarqueis nunca, esclamó Clemencia con el acento del corazon.

— ¿Agorero y con bigotes? ¿No te da vergüenza de serlo, pastor de corderitos de bronce? dijo Alegría.