Bruno palideció y desatendió completamente su juego.

Constancia se contrajo á él, tomando su semblante una amarga espresion de aspereza y de descontento, que la hizo aparecer dura y fria como un témpano.

Clemencia estaba tan engolfada en su juego, que no notó la llegada del Marques.

— ¿Quereis cartones? le preguntó Alegría.

— Gracias, contestó Valdemar, profundamente abstraido en la contemplacion de Constancia.

¡Cuánta ventaja llevan las ariscas en presentarse como fruta vedada! ¡Cuánto ganan las mujeres con hacerse valer! ¡Qué bien harian en tener en cuenta que todo lo que se prodiga pierde su prestigio, pues miéntras mas tiene que afanarse el hombre para alcanzar lo que anhela, mas precio le pone! Y ¡cuánto les valdria recordar que el maná llovido del cielo acabó por empalagar al pueblo de Israel!

Es cierto que el aire altanero y sombrío que ostentaba Constancia con pocas consideraciones sociales, pero con muchas hácia el hombre á quien amaba, la hacia aparecer mas bella. Si alguna vez alzaba sus negros ojos de los cartones que tenia delante, brillaba su enérgica mirada debajo de sus hermosas pestañas, como debió brillar al traves de su celada la del jóven castellano que defendia su castillo.

Partian su corazon los tormentos que veia sufrir á su amante, y con injusta acrimonia echaba todo su encono sobre aquel, que sin saberlo, se los causaba.

Valdemar tomó una silla y se sentó detras de Constancia, que no se movió; pero su vecina se apresuró á cumplir con un deber de urbanidad, haciendo lugar al Marques para que pudiese acercarse á la mesa.

— ¿Teneis buena suerte? preguntó este á Constancia.