— ¿Porqué?

— Porque á esta hora riego las macetas, lo que es para mí una gran diversion; pues están todos los pájaros revoloteando, buscando su cama, resguardada del relente; corre el agua tan fresca y tan alegre del estanque, á besar los piés á las flores; estas esparcen toda su fragancia como un adios al sol que las cria, y está hecho el jardin un paraíso.

— ¿Sin manzano, Clemencia?

— Sin manzano, pues no hay en él cosa prohibida; ¡sin manzano, sí! y sin culebra, que es mas.

— Pero tambien sin Adan.

— Verdad es, á ménos de no serlo Miguel el jardinero sordo, respondió riéndose alegremente Clemencia.

— Marques, dijo Alegría, volviéndose y señalando con un movimiento de cabeza á una señora que en el paseo se les acercaba de vuelta encontrada, ¿qué os parece ese palo vestido, que viene hinchando sus desenrolladas narices, porque es rica, en lugar de encogerlas en favor del aspecto público?—¿Se ven en Madrid tales tarascas?

— En Madrid hay tantas personas poco favorecidas por la naturaleza como hay aquí, Alegría, respondió el Marques, sin desviarse del lado de Clemencia; lo que sí hay aquí en mas abundancia que en Madrid, son mujeres favorecidas por ella.

— Si supieseis lo buena que es esa señora que no es bonita, os lo habia de parecer, dijo Clemencia. En mi convento tiene una parienta suya monja, á quien mantiene, y ademas ha puesto allí dos pobrecitas que quedaron huérfanas en el cólera, á quienes costea en un todo.

— Ella es buena y fea; pero vos, Clemencia, sois buena y bella: ¡mirad la ventaja que le llevais!