— Marques, tornó á decir Alegría volviendo la cabeza, á pesar de ir á su lado Paco Guzman, no creais nada de cuanto os diga Clemencia, que se ha enseñado en el convento á ser una hipocritilla.
— ¡Jesus! murmuró escandalizada Clemencia.
— Si veis venir á D. Galo, añadió Alegría, dejadle libre el campo, si no quereis hacerle mal tercio, pues suelen tener los dos sus consultas secretas sobre los ambos y los ternos.
— ¡Las cosas que inventa Alegría! esclamó Clemencia.
— ¿Quién es ese D. Galo? preguntó el Marques.
— El hombre mas feo y ridículo del mundo, contestó Alegría; el que sacaba anoche los números de la lotería, el íntimo de Clemencia, que no puede vivir sin él.
— ¿Es cierto, Clemencia? preguntó Valdemar.
— Que sea ridículo, no señor, contestó esta; que no pueda yo vivir sin él, tampoco lo es. Pero lo que sí es cierto que si le trataseis, seriais su amigo, porque todo el que le trata lo es; todo el mundo le quiere, incluso Alegría, aunque le haga burla, porque ella no puede dejar de ser burlona; y como todos se rien, no piensa que hace mal.
— ¿Y vos, no sois burlona?
— No señor; en primer lugar, porque no me gusta la burla, y en segundo lugar, porque nada burlon se me ocurre; para eso es menester tener gracia, como la tiene mi prima.