— Pero, señora, todo el mundo se casa.

— ¿No digo que no puedo hablar una palabra sin que Vd. me contradiga? ¿Con que le parece á usted acertado y muy en el órden que ese ingrato estúpido me deje á mí, despues de tantos años, por una muchachuela de enaguas de bayeta?

— Señora, el amor....

— ¡Mire Vd. quien habla de amor! Usted que en su vida ha sabido lo que es. Pero no es eso lo peor, prosiguió cada vez mas apurada la Marquesa, lo peor es lo que ha sucedido esta mañana. ¡Jesus! Dios mio, ¡qué desgracia!!!

— ¿Cuál, señora? preguntó D. Silvestre.

— Figúrese Vd. que un gallego, venido de los infiernos, llegó esta mañana trayendo unas macetas para colocarlas en el armazon alrededor de la fuente; haciendo lo cual dió el muy salvaje un golpe al Mercurio, y le ha quebrado un ala del pié.

— Y con ella una del corazon de mi madre, observó Alegría, que aunque apartada, oyó este último gemido de aquella.

— ¡Mas quisiera, prosiguió la Marquesa, sin atender á lo que decia su hija, que me hubiese el tal caribe roto á mí un brazo!

— ¡Jesus, Marquesa! ¡tales cosas!... dijo pausadamente D. Silvestre.

— ¡Tan hermoso como era mi Mercurio! prosiguió con voz lastimera su dueña. ¡Tan bien como hacia entre las flores! ¡Qué desgracia! ¡Solo á mí me suceden estas cosas! ¡Qué desgracia, Dios mio!