— Como que no podrá volar, observó Alegría.
La Marquesa tenia efectivamente sus cinco sentidos en aquella estatua de yeso macizo, casi de tamaño natural, y en otras cuatro, mas pequeñas, que representaban las cuatro estaciones del año y adornaban en verano los cuatro ángulos del gran patio de la casa.
En este momento entró una señora de edad, alta y gruesa, con paso decidido y aire imponente.
— Eufrasia, le gritó la Marquesa apénas la vió, mujer, tú que tanto has visto y tanto sabes, ¿no me podrás decir si habrá medio de pegarle el ala á mi Mercurio?
— Madre, dijo Alegría, dígale Vd. al talabartero que le haga unas correas, y se le pondrá el ala á guisa de espuela.
— Lo que yo quisiera es encontrar quien te cortase á tí las tuyas, repuso la Marquesa contemplando á su amiga que permanecia en ademan meditabundo.
— ¿Nada discurres, Eufrasia? le preguntó al fin tristemente.
— Mira, contestó esta en campanuda voz de bajo, conozco á un lañador tuerto, muy hábil. Si este no te lo compone, no lo compone nadie.
— Soy de parecer, dijo Alegría, que en lugar de al lañador, llame Vd. al miedo, que es el que tiene fama de poner alas en los piés.
— Pero, mujer, observó la Marquesa sin atender á su hija, se le conocerán las lañas.