— Soy de parecer que las lañas tengan goznes para que no le impidan volar, observó Alegría.
— ¡Las perlas!... ¡Las perlitas! dijo impaciente la Marquesa, dirigiéndose á D. Silvestre. ¡Caramba con ellas! Calla, insolente perla, calla; que nadie te da vela para este entierro.
— ¿Para el entierro del ala de Mercurio? preguntó Alegría.
Entretanto decia en consoladoras palabras Doña Eufrasia á su amiga:
— Mujer, las lañas no desfiguran ninguna pieza. Las puedes mandar pintar de blanco, y no se conocerán; mas yo si fuese que tú, para igualar los piés, le mandaba aserrar el ala al otro pié: maldita la falta que le hacen; y te digo mi verdad, que desde que las vi me han hecho contradiccion; me han parecido siempre espolones de gallo.
— Eufrasia, dices bien: perfectamente discurrido; como por tí; mejor va á quedar. Es claro que estará mejor; miéntras mas lo pienso, mas acertado me parece tu discurso.
— ¡Por supuesto! añadió Alegría. No sé cómo Usted, que le gustan las cosas con pié de plomo, le consentia á su querido Mercurio piés alados.
CAPITULO II.
Diremos algunas palabras sobre la señora amiga de la Marquesa, viuda del Coronel Matamoros, uno de los jefes improvisados en la guerra de la Independencia; no porque sea un personaje muy interesante, ni tampoco porque haya de servir en los cuadros que vamos bosquejando, de otra cosa que de estorbo, sino porque es preciso, cuando una vez se ha sacado á un individuo á la palestra, decir quién es.
Cuando su consorte el difunto Coronel era cabo, solia cantar dirigida á la hija de un mesonero navarro, mocetona viva, dispuesta y saludable, recia en lo físico y lo moral, la siguiente copla: