Aumentábase la afliccion y angustia de Clemencia, al ver que sus lágrimas en lugar de causar compasion é inspirar palabras de consuelo á su marido, le causaban el mas acerbo despecho; atribuyéndolo (y quizas no se equivocaba del todo) á alejamiento, hácia él. Así era que si nada habia hecho Guevara para captarse el cariño de Clemencia, esta, por su parte, sin saberlo, sin comprenderlo, hacia cuanto era dable para alejar de sí á su marido, que miraba la reserva como una prueba de antipatía; al que chocaban los sentimientos tiernos y suaves como afectaciones y remilgos, y al que horripilaban las lágrimas como á otros la sangre.
Así es que nunca unió la suerte dos seres con elementos tan contrapuestos, como lo eran los que componian las respectivas naturalezas de ambos consortes, ni mas á propósito para rechazarse mutuamente. A esto se unia el que Clemencia tenia diez y seis años, y Fernando veinte y cuatro, y que no conocian ni el mundo ni el corazon humano; lo que les hacia carecer de la prevision y de la prudencia que este conocimiento da. Faltábales la esperiencia, que sabe desvanecer cargos esplicando causas, hacer concesiones, temporizar, y sacrificando algo en lo presente, preparar el porvenir.
Pero Clemencia, criada en un convento, nada sabia de la vida, ni de las pasiones, en cuyo mas grosero círculo era lanzada sin graduacion, y Fernando que no habia salido casi de cuarteles y garitos, nada sabia de sentimientos de corazon, de delicadeza, ni de reserva, esos instintos femeninos. Siendo arrogante mozo y rico, no habia hallado nunca, en la especie de mundo mujeril que habia tratado, repulsas ni negativas en sus amores, por lo cual se persuadia que el amor tenia la misma espresion en ambos sexos.
Al ver que la inocente niña no sentia ni consideraba el amor como aquellas desenfrenadas, se convenció de que abrigaba un amor oculto, y se persuadió que el objeto de este era el Marques de Valdemar, que no habia podido disimular la estrañeza y disgusto que le habia causado el repentino é irreflexionado casamiento de Clemencia. Así es que aburrido, exasperado, enconado contra Clemencia, se entregó en breve sin reserva ni consideraciones, á sus vicios y disipada vida anterior.
Clemencia por su lado, viendo unidos en su marido sus exigencias y su falta de ternura, sus celos, sus desvíos, y sus vicios, se persuadió que él la solicitó solo como el premio de una apuesta; que no llenaba su corazon, ni le merecia la ternura y respeto que se tiene á una mujer propia.
Es cierto que Fernando no amaba á Clemencia, porque entre ellos no existian simpatías, afinidades ni paridad alguna, y porque Guevara no sabia amar, disecado su corazon por una vida viciosa; pero Clemencia era hermosa, y por eso solo se entregó ciego á la pasion de los celos; y los celos sin amor son los mas acerbos, y tanto mas crueles para quien los sufre, cuanto que no tiene compensacion.
Clemencia llegó, pues, á ser una doble mártir, siendo tratada á la vez con la mas insultante desconfianza, y las mas despóticas exigencias, y con la mas ostensible falta de cariño y de atenciones; á un tiempo esclavizada y abandonada por su marido. Este encerraba á su mujer, y se llevaba la llave; no la permitia recibir á nadie, ni salir, ni aun para ir á la iglesia; y habia llevado la locura de los celos y el placer de mortificarla hasta matar por su mano un pajarito que criaba Clemencia, que era su único compañero en su soledad.
Esto parecerá exagerado, y no lo es; como pueden atestiguarlo los que hayan observado los efectos de los celos en almas duras y toscas, y la atroz propension humana á redoblar el tormento, á medida que es la víctima mas débil y mas sufrida.
Clemencia, en medio de tantos sufrimientos, no se creyó la mujer incomprendida, ni la heroina inapreciada, ni la víctima de un monstruo; creyó sencillamente que Fernando era un mal marido como otros muchos; que tenia que sobrellevarle como hacian otras muchas mujeres, y rogó á Dios le mejorase y trajese á mejor vida. Así pensaba, porque no habia leido novelas, ni visto dramas de pasion, y conservaba intactas las puras doctrinas de moral cristiana, no deslustradas por mundanos sofismas: conservaba inmaculadas sus nociones del deber sin transacciones ni concesiones sociales; conservaba ilesas las doctrinas religiosas, sin que la atrevida y osada podadera filosófica hubiese suprimido ninguna de sus ramas ni de sus flores. Así era que se regia sencillamente por estas máximas:
«Recordemos que la paciencia es el heroismo del cristiano.