Doña Eufrasia acababa de herir el amor propio de la Marquesa en su parte mas sensible; es sabido que siempre lo ponemos en aquello mismo de que carecemos, Richelieu lo ponia en tener dotes de poeta; la Marquesa en tener ojos de lince.

— ¡Vaya! esclamó, ¡vaya si sé! Nada se me escapa á mí; conozco hasta las respiraciones de todos los de mi casa, y lo que no puedo averiguar, lo sé por Pepino.

— Pues ni tú ni tu atélite Pepino, á quien se lo pregunté, sabian nada de la carta.

— ¿Y de quién podrá ser? preguntó pensativa la Marquesa.

— ¡Toma! de algun pretendiente. ¿Qué duda tiene? Las viudas tenemos un garabatillo particular y pretendientes por docenas. ¡Vaya si los he tenido yo! No ha muchos años que andaba uno tras de mí que bebia los vientos; yo estaba á tres bombas con él, hasta que un dia pensé: basta de monicaquerías. Sabes que tengo malas pulgas, y que no me he de morir de cólico cerrado; así fué que me planté como vaca flaca, y le dije: ¿qué se ofrece? ¿qué anda Vd. tras de mí como la soga tras del caldero? Me dijo entónces con mas palabras que un abogado, que me queria, y qué sé yo qué mas chicoleos. Le dejé acabar su retahila, y le dije:—¿Y qué mas? — Me respondió que lo que deseaba era que le diese una cita. — Bien está, le contesté.—¿En dónde? me preguntó. — En San Márcos[2], le grité, so descabellado, y le volví la espalda.

— Pero... ¿quién podrá ser ese pretendiente? dijo la Marquesa, que preocupada, no habia prestado atencion alguna á la aventura amorosa de su amiga.

— Anterior debe de ser á su viudez el enamorado, puesto que desde que murió el marido,—(buen calavera era, segun he oido decir) — no ha salido ella apénas de su cuarto.

— Es muy cierto. ¿Si será de...

— ¿Del lengüilargo desfachado de Paco Guzman? No; ese anda tras de la buena alhaja de Alegría.

— ¡Qué disparate, mujer!