La simplificada distribucion del piso alto, era una serie de salas, en que se entraba de una en otra. Por los rincones se veian montones de semillas, rimeros de hojas de palmito y haces de caña para hacer escobas. Por las paredes colgaban algunos trebejos viejos, como cinchas, albardas, cuerdas, ristras de ajos y de pimientos.

Las telarañas eran tan vetustas y estaban tan espesas y tupidas, que parecian bienes amayorazgados, heredados por varias generaciones de arañas. De las vigas colgaban asidos á ellas por sus garras, familias enteras de dormidos murciélagos. Los ladrillos, por no tener piés no andaban sueltos, y por todas partes era el polvo tan espeso, que daba á este conjunto ese tinte mustio y gris, que es el del abandono y del olvido.

Despues de atravesar varias piezas, llegaron á la que hacia ángulo, y á otras que le seguian, que eran las que tenian ventanas, las cuales daban vista al mar. Aquí se hallaron con algunos sillones, de cuyo forro de tripe ó terciopelo de lana, no quedaba sino lo que los clavitos dorados que lo habian sujetado, retenian aun con su diente de hierro, y en cuyo rehenchido de crin, habian anidado pacíficamente los ratones. Una mesa grande de nogal con piés torneados en espiral, y una gran cama de alto espaldar con ribetes y medallones que habian sido alguna vez dorados, se hallaban desparramados en una sala vasta que tenia una chimenea ancha y baja, la que abria frente de las ventanas su negra boca, y parecia bostezar de fastidio.

En las puertas de madera de las ventanas habia postigos, en que verdeaban pequeños vidrios engarzados en plomo.

Gertrúdis, despues de instaladas sus huéspedas, bajó para cuidar de que se subiesen los colchones y baúles que venian en la zaga de la berlina.

— ¿Con que esta es mi cárcel? dijo con una sonrisa tan amarga como desdeñosa Constancia, contemplando aquellas destartaladas, vacías, sucias, y frias habitaciones. ¡El á un presidio, y yo á un destierro! ¡Este es nunca visto, y es lo que se cuenta tenia lugar allá en los tiempos bárbaros! ¡Si lo que me sucede á mí se pusiese en una novela, se diria que eran dislates de novelistas, que se devanan los sesos para inventar cosas estraordinarias! ¡Desterrada, presa por el delito de no sacrificar la felicidad de mi vida entera á las miras ambiciosas de una tia que odio, y á las miras interesadas de una madre que no amo!

— Constancia, esclamó Clemencia, por Dios, no digas que no quieres á tu madre. ¡Qué atrocidad! Ni lo piensas ni lo sientes. Acuérdate de que hija eres y madre serás.

— Si no lo sintiese, no lo diria; así como porque lo siento, no lo callo, contestó Constancia. Si es virtud amar á quien nos hace mal, es virtud que no tengo ni quiero fingir.

— Pero, Constancia, repuso Clemencia, si cuanto hace tu madre, es porque te quiere!... Sosiégate, prima; piensa que no ha sido la voluntad de Dios que te cases con Bruno, y que de esta suerte quizas te libras de muchas penas y de males sin fin, y confórmate con esta que es transitoria. Ten presente que dice San Agustin que agradamos á Dios cuando su voluntad nos agrada.

— Si así sabes tú amar, contestó agriamente Constancia, no es estraño lleves con tan envidiable resignacion la muerte de tu marido.