Clemencia se sonrojó como una culpable, y Constancia prosiguió:

— Si has venido á predicarme, mejor habrias hecho en dejarme sola; yo no temo á la soledad; para mí es todo soledad donde no está él. Así, si quieres que sigamos viviendo unidas, no vuelvas á tocar este punto, ni me prediques olvido, que seria como si al viento predicaras constancia; y si no, tú vivirás en un lado de esta amena quinta y yo en el otro.

Al contrario de Constancia, que se sentia presa en aquella soledad campestre y tranquila, Clemencia se sentia libre. Constancia se sentia sola, y Clemencia se sentia simpáticamente acompañada por los bellos objetos de la naturaleza. Criada en el convento, nunca habia disfrutado del campo, y su alma se ensanchaba al recorrer aquellos campos, al vagar por aquellas playas. Se alegraba su ánimo al contemplar aquel espléndido cielo, pues como dice Lamartine, allí donde el cielo sonríe, impulsa al hombre á sonreir tambien. Admiraba horas enteras la reventazon de las olas del mar, que en tan airoso y grave movimiento se henchian para estenderse en espumoso torbellino sobre la dorada arena. Complacíase en observar las formas caprichosas de las rocas, esas masas anfibias, alternativamente cubiertas por las olas y alumbradas por el sol, insensibles á las caricias de este y á la amargura de aquellas, pues nada temen, ni nada esperan.

Los pajaritos cantaban tan alegres en aquella tranquila Tebaida, como que ignoraban que existia la pólvora y las redes.

— ¿Qué admirable poder (se decia Clemencia siguiendo con la vista sus ligeros revoloteos) puso el canto en estos pequeños, lindos é inofensivos seres, que no puede nadie contemplar sin enternecida y tierna simpatía?

Y mirando en seguida á los nietos de la casera, que la acompañaban en sus escursiones, jugar alegremente á sus piés, esclamaba:

— ¡Qué hermosa y tranquila hace Dios la vida á la inocencia!

Todo aquello le infundia mil sensaciones y pensamientos, pues como dice Balzac: le paysage a des idées; el paisaje tiene ideas.

Es cierto que el paisaje que la rodeaba, compuesto por el mar y un coto de tierra llana, sin accidentes de terreno, sin árboles, sin agua, ni mas señales de habitacion humana que la cuadrada y pesada mole del caserío que habitaban, no pertenecia al órden del paisaje que se denomina ameno ó romántico; y no obstante; ¿cuál es el encanto que existe en una naturaleza inculta, y uniforme? ¿Porqué infunde esta ideas alegres y elevadas, mucho mas que lo hacen los frondosos paisajes, con sus bosques, sus quebradas, sus arroyos, sus variadas vistas, en las que todo se mueve, se engalana, se agrupa vistosamente? Puede que el amor al país y la costumbre participen al primero su encanto; puede que sea un sentir peculiar á la persona que esto escribe; pero ello es que una dehesa uniforme, con su sello de primitiva y libre vegetacion, un cielo puro y alto, un mar azul que compite en brillo y grandeza con el cielo, un caserío austero y grandioso, cuidando de su fuerza sin atender á su adorno, le parecen llenos de una majestad serena, que ensancha el alma é impregna el ánimo del tranquilo goce de la soledad y de la gran sensacion de lo infinito. Parece allí la tierra mas humilde y el sol mas sonriente, si es lícito espresarnos así. Es allí el aire mas puro y mas balsámico, profusamente impregnado como se halla del enérgico perfume de las silvestres plantas. Pocas cosas distraen la contemplacion en aquella grave naturaleza, que parece ella misma meditar abstraida. ¿Y porqué no seria bella una dehesa con sus inmensos horizontes y el magnífico tapiz que la cubre? Son sus tramas las sabinas, que pertenecen á la triste y austera familia del cipres, las que se creerian una filigrana de bronce, si no diesen incienso á las iglesias pobres; los juncos, que delgados y débiles se apiñan en los sitios areniscos y bajos, y que humildes visten de hábito pardo sus florecitas; el airoso palmito, tan reconcentrado y arraigado en la tierra que lo cria, de esterior áspero y recio, y de tan tierno corazon que lo anhelan los niños cual almendras; el tomillo, de tan poca apariencia, tan pobre y tan mezquino de hojas, y tan rico y pródigo de fragancia; las esparragueras, que se adornan con sus frutas encarnadas como con corales; las descabelladas retamas, que se salpican como de grajea con sus menudas y olorosas florecitas blancas; los gayumbos, que en marzo se cubren de sus perfumadas y doradas flores, con la profusion con que otras plantas se cubren de hojas; y sobre todo el agreste lentisco, impasible veterano, fiel en todas las estaciones, como un amigo en todas las desgracias; siempre verde como una esperanza sin desengaño; que no alteran frios ni calores, sequías ni borrascas, cual si sus hojas fuesen de esmeraldas y su tronco hierro, digno de representar la inmortalidad como el laurel, la fuerza como la encina, y la constancia como la siempre-viva. Dora todo esto ese brillante sol, centro y hogar de la luz material de los ojos, cuya debilidad deslumbra, como es Dios el centro y hogar de la luz de la inteligencia, cuya incapacidad confunde. ¡Oh! ¡cuán dulce seria, se decia Clemencia, con una conciencia pura y tranquila, acostarse en brazos de esas fragantes yerbas, y los ojos alzados á la brillante bóveda, morir alumbrada por el sol, suavemente arrullado nuestro último sueño por el dulce murmullo de las perezosas olas de verano, y el susurro del aura entre las plantas, subiendo así nuestra alma en un himno de alabanzas y adoracion al cielo; ¡como se alza á las alturas la armoniosa alondra! ¡Dios y Criador nuestro! ¡cuánto ansia el alma volar á tí, y cuánto se esfuerza la materia por retenerla! ¡qué penoso nos hace el trance de la muerte y con cuántos horrores lo rodean, con el fin de apegarnos á la triste vida terrestre!

CAPITULO XII.