Cual niño que despoja una rosa, y echa sus hojas al aire, el tiempo va deshojando los meses, y echando sus dias en lo pasado. Pasan y pasan estos en su incesante marcha: tal rápido, alegre y risueño, como un amorcillo alado; tal enlutado y grave como un fantasma; tal sereno y santo como un ángel: este es aquel en que hemos hecho una buena accion. Pero ninguno deja mas paz en el corazon y acerca mas el alma á Dios, ninguno marca con mas placer con su dedo nuestro buen ángel, que aquel en que perdonamos á un enemigo; y si despues de perdonarle, le hacemos bien, es que nuestra alma ha sido digna de que en ella resuene el eco de aquella santa y gloriosa deprecacion: Padre, perdónalos.
Todos somos caritativos; un alma sin caridad no existe. ó si existe, es un monstruo tal que no se concibe. Pero no lo somos bastante.
La caridad es la única cosa en que no cabe esceso: AMOR NO DICE «BASTA»: pero la caridad tiene enemigos que la combaten porque en derechura nos lleva al cielo. Aquí la avaricia cierra la mano, que ya se abria para derramar esos bienes que Dios nos dió, con el cargo de repartirlos, pues son suyos; aquí la pereza traba los pasos que íbamos á dar en favor de un desgraciado, y aquí el orgullo, ese enemigo, el mas terrible del hombre, hiela sobre nuestros labios el perdon y la reconciliacion que la caridad hacia brotar del corazon. Y este es el mal que nos aqueja hoy. ¡Dios mio! ¿Quién al ver la era actual no se pregunta horrorizado: ¿somos hermanos, ó somos enemigos?
Suaves para Clemencia, ásperos para Constancia, habian pasado los dias.
Habia sobrevenido el mal tiempo, y aquella calma y tranquila naturaleza habia cambiado de aspecto. Aparecieron pesadas y lentas nubes que cubrieron todo el horizonte, interponiéndose entre el firmamento y la tierra cual un triste desierto, como se interpone la incredulidad entre el corazon del hombre y el cielo. Por un dia reinó una completa y mustia calma, cual si los elementos se preparasen y tomasen aliento para su inmensa lucha, dia oscuro y silencioso como un negro presentimiento. La mar se retiró al bajar la marea, al parecer tranquila, descubriendo negras y picudas las hileras de rocas que á ambos lados de la playa se internaban en ella, como dientes de un enorme monstruo con la boca abierta para devorar una presa.
Las plantas inmóviles, parecian solo ocuparse en profundizar sus raíces, como el marino que prevé la tempestad, se ocupa en cerciorarse de la firmeza del áncora en que confía.
Los pajarillos, con el barómetro que Dios puso en su instinto, revoloteaban piando con angustia y buscando un abrigo; el cielo encapotado y el mar soberbio, se miraban como dos enemigos; ¡todo callaba en el solemne silencio del presagio y del temor!
Pero al siguiente dia se oyó de léjos y hácia el Sur, un ruido lejano y sordo, confuso, indistinto, terrificante; era la espantosa voz de la tempestad, que se acercaba á aquellos parajes petrificados por el espanto.
Al fin llegó el huracan, y la espantosa lucha se declaró. Aullando soliviantaba el viento la mar, que le respondia con bramidos. Sacudió las plantas que temblaban; dobló hasta el suelo la cima de los arbustos que descollaban y resistian, transpuso instantáneamente las dunas de arena que yacen muertas en las playas, como si el mar las hubiese matado, y que confían en su pesada inercia; destrozó y puso en fuga espesas y compactas nubes; se estrelló sobre las sólidas y fuertes masas del edificio, penetrando en impetuoso torbellino en su gran patio, martirizando las inofensivas palmas, que mecidas por él en incesante balance sobre su tronco, miraban la tierra como para medir la altura de su próxima caida.
Asombradas Constancia y Clemencia en medio del general movimiento y del estruendo que formaban como en coro las voces de la naturaleza, todas en aquella ocasion plañideras, furiosas ó amenazantes, estaban en pié delante de la ventana y fijaban sus angustiosas miradas en el mar, observando cómo una despues de otras llegaban las inmensas olas, tragándose la que llegaba á la que habia reventado en la playa, y retrocedian inertes hácia su negro centro, y siempre cada cual con el mismo hondo rugido, como el fúnebre é invariable saludo de los trapenses. Sobre las rocas era donde mas se desencadenaba su ira. Allí formaban torbellinos, estrellándose unas contra otras, alzándose cual saltaderos colosales, y mezclando sus aguas amargas á las dulces de las nubes.