— Deje Vd. al viento y al mar que se alboroten y rabien; un freno tienen, que no romperán, dijo Gertrúdis.
— Pero... ¿y los infelices que pueden peligrar?
— ¿Y por qué habia de dar la casualidad de que alguien peligrase? Pero ya veo que tienen sus mercedes buen corazon y buenas entrañas, así como una señora que estuvo aquí en una ocasion. ¡Pobre señora, qué noche pasó! Bien que el caso no era para ménos. ¡Qué noche pasámos todos!
Apresuráronse Constancia y Clemencia á preguntar á Gertrúdis cuál era el caso á que se referia, y Gertrúdis con ese afan comunicativo que tienen las gentes en general, y las ordinarias en particular, en lo concerniente á lo horrible y estraordinario, sin pararse en cuán poco á propósito era el momento para referir cosas de esa naturaleza, que solo servirian para aumentar el estado agitado y sobreescitado en que se hallaba el espíritu de las jóvenes, empezó así su relato del que damos un estracto.
— Por el año de 34, cuando el cólera, cada cual trató de huir de los pueblos contagiados, y aislarse en el campo. La señora habia ido á una de sus haciendas, y ofreció este coto á una de sus amigas, cuyo marido estaba ausente. Vagaba en aquel entónces por estas tierras una partida de ladrones, que tan pronto se hallaban en una parte, tan pronto en otra, huyendo á Portugal cuando se veian acosados de cerca, sin que se les pudiese dar alcance: así es que tenian asustado al mundo entero por las atrocidades que de ellos se referian. Mi marido (en paz descanse) vivia con vigilancia, y las puertas de la hacienda, siempre cerradas, no se abrian. Una tibia noche de otoño se habia dejado caer mas negra que el Viérnes Santo, mas callada que un cementerio. La señora se habia sentado junto á una ventana, y estaba embelesada; la moza y yo platicábamos, dándole cuerda al reloj, que señalaba las doce, cuando de repente fué interrumpido el silencio por un grito agudo que resonó á poca distancia del caserío, y que decia: «¿No hay quien me favorezca?» La señora saltó de su asiento, mas blanca que una imágen de piedra.—¿Qué es eso? esclamó despavorida.—¿Qué ha de ser? respondí: algun infeliz que pide socorro.
— Llamad á vuestro marido, esclamó la señora, y á vuestros hijos. ¡Jesus! que no pierdan tiempo en socorrerle. — Pero mi marido se negó á ir. — Señora, le dijo, haré cuanto su merced me mande; pero en cuanto á eso, es imposible. Esa es una treta de la que suelen valerse esos desalmados, como ha sucedido ya muchas veces, para que les abran las puertas de las haciendas, en las que se arrojan en seguida á saquearlas. — La señora se estremeció y dejó de insistir; pero en aquel instante volvió á oirse el grito mas angustioso, «¿no hay quien me favorezca?»
— ¿Quién oyó jamas, esclamó la señora fuera de sí y dando vueltas por el cuarto, quién puede oir á otro clamar que le favorezcan, y no acudir á auxiliarle? no es dable, no hay consideracion, no hay peligro que pueda ni deba impedirlo. ¡Oh! ese es un impulso que nada puede ni debe retener, pues Dios lo otorga y lo sanciona. ¿Qué decís vos? añadió dirigiéndose á mí.
— Señora, contesté, Curro tiene buenas entrañas, y á valiente no lo gana ninguno; cuando él no lo hace.
— Es porque no debo hacerlo, dijo Curro; ademas la partida es de diez hombres, y acá solo somos tres; ¿qué podríamos hacer? Señora, responsable soy de la hacienda, de su mercé y de sus hijitos, que ademas de todo podrian llevarse en rehenes.
La señora, al oir estas palabras, se dejó caer mas muerta que viva sobre una silla.