Curro y mis hijos tomaron sus escopetas haciendo de vigías, y dando vueltas por el patio. Así pasó aquella lóbrega noche, oyendo de rato en rato aquel clamor siempre el mismo, ¿no hay quien me favorezca? Pero cada vez fué mas de tarde en tarde, cada vez mas plañidero, cada vez mas débil, hasta que se fundió en un gemido, en un estertor, en un suspiro.

No les pintaré á Vds. la noche que pasámos, en particular la señora, que no sabia dónde huir de aquel espantoso clamor, que en el silencio de aquella noche de calma, en que todo callaba y estaba inmóvil como petrificado por el horror, y en que la misma noche parecia haber cerrado sus ojos, pues no se veia estrella alguna, se esparcia por todas partes claro y distinto como se esparce la luz. Ya ven Vds., añadió Gertrúdis, que no es el viento ni la mar los que pueden causar mas espanto y dar peores noches. ¿Qué nos importa que se jaleen el viento y la mar? Estos son sus desahogos, como los tiene el caballo que libre de su freno, corre y retoza á su placer, hasta que le llama su amo.

— Pero á la mañana siguiente, — preguntó Constancia, en quien la narracion habia aumentado el pavor y la angustia, — á la mañana siguiente, ¿averiguóse algo?

— A la mañana siguiente, respondió Gertrúdis, subió mi marido al mirador, y habiéndose cerciorado de que cuanto alcanzaba su vista todo estaba solo y tranquilo, abrió la puerta, salió, y... Pero, señoritas, están sus mercedes temblando, y con las caras como azucenas: hablemos de otra cosa.

— No, no, esclamó Constancia, acabad. ¿No sabeis que lo real, por terrible que sea, lo es ménos que lo vago, y que es mas terrible la sensacion al caer, que no el golpe de la caida?

— A la mañana siguiente pues, prosiguió Gertrúdis, halló Curro al pié de la Cruz un hombre muerto.

— ¡Jesus, María! esclamaron Constancia y Clemencia.

— En su larga agonía, y en las ansias de la muerte, se habia él mismo medio enterrado en la arena.

— ¿Habia sido asesinado?

— No, respondió Gertrúdis; era una muerte natural.