— ¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Clemencia, cruzando sus manos: la caridad le hubiese quizá salvado, y la prudencia le dejó morir!

— ¡Ay! señorita, dijo Gertrúdis; jamas se lo perdonó el pobre de mi Curro, que desde aquel dia hincó la cabeza, y no volvió á estar nunca mas alegre, y en los delirios del tabardillo que se le llevó años despues, repetia sin cesar y asombrado: ¿No hay quien me favorezca?

En este instante un sonido brusco, fuerte, bronco y grave interrumpió el silencio que siguió á las últimas palabras de Gertrúdis, el que pasando en una ráfaga del huracan por cima del edificio, fué á perderse con él, en la inmensidad del coto.

— ¿Qué es esto? esclamaron ambas jóvenes, saltando de sus asientos.

— Es, respondió angustiada Gertrúdis, una boca de bronce que dice eso mismo: ¿no hay quien me favorezca?

— ¿Una boca de bronce? ¿Cómo? ¿Cuál?

— La de un cañon.

— ¿De un cañon? ¿Dónde está?

— En un buque.

— ¡Jesus, María! ¿Y pide socorro?