— Sí, porque naufraga.

— ¿Y no se le puede socorrer?

— Señoritas, respondió Gertrúdis sonriendo tristemente como se sonríe á un niño, ¿cómo quereis que le podamos socorrer? Pero dígoles á Vds., señoritas, — añadió la pobre mujer, estremeciéndose al oir un nuevo cañonazo, — que ni en el infierno se halla tormento mayor que oir pedir socorro y no poder prestarlo.

¡Cosa singular! Repetíase por segunda vez la terrificante noche cuya pintura habia hecho Gertrúdis, solo que el clamor, ¿no hay quien me favorezca? en la ocasion que habia descrito Gertrúdis, era claro, plañidero, y llegaba como el eco de la debilidad que sucumbe, clamor que parecia respetar la naturaleza con su silencio; y que esta otra deprecacion á la humanidad, que resonaba á intervalos, era fuerte, solemne, heróica como la fuerza que lucha, y llegaba sobre las alas del huracan que la arrastraba consigo, como el jiron de una bandera que aun sucumbiendo retiene en su mano el valiente. ¡Noche espantosa! ¡Noche en que por segunda vez se presentaba en aquel lugar la atroz realizacion del desamparo! ¡Tremenda palabra! ¡El desamparo... que arrancó al Dios-Hombre en la cruz, su último gemido y su sola queja!

Cuando el dia echó sus primeras luces, pálidas y macilentas, alumbraron cual las de los blandones, los cadáveres de unos náufragos que la mar habia echado á la tierra, y á quienes la muerta y fria arena servia de adecuado féretro; mas adentro hácia las últimas rocas, se veian solo los masteleros del barco naufragado, como cruces sobre sepulturas.

— ¡Volemos! esclamó Constancia, en quien una espantosa y febril actividad demostraba un angustioso sobresalto; puede que aun se pueda socorrer á alguno. Y tomando de la mano á la trémula Clemencia, ambas en un entusiasta arranque de compasion, volaron hácia la playa, en la que aun venian soberbias las olas, cual montes de agua á arrojarse sobre la arena. Andrea, Gertrúdis y las demas las siguieron; pero cuando llegaron, hallaron á Constancia inánime en los brazos de la aterrada Clemencia, al lado del cadáver de un jóven oficial. En este habia reconocido la infeliz Constancia á su amante.

Poco despues yacia esta muda é inerte en su lecho, y como insensible á cuanto le rodeaba. Un propio volaba á Sevilla, y las autoridades de los pueblos mas cercanos habian acudido al lugar de la catástrofe, seguidas de los vecinos de aquellos.

Al dia siguiente llegó la Marquesa hecha un mar de lágrimas, tan trémula y tan horrorizada, que no quiso permanecer allí un momento, y volvió á partir, sosteniendo en sus brazos y cubriendo de lágrimas á su hija Constancia, que permanecia en el mismo estado. Al llegar á Sevilla, pareció reanimarse aquella naturaleza inerte; pero fué para agitarse en convulsiones y abrasarse en una calentura cerebral, que la puso cercana á la muerte. A los pocos dias fué mandada administrar: desde entónces se verificó en la enferma un cambio completo.

En su físico sucedió el letargo á la escitacion; en su moral, la calma á la agitacion.

Hallándose ocho dias despues fuera de todo peligro, Clemencia escribió á Villa-María que habia regresado, y recibió por respuesta el aviso de que al dia siguiente llegaria el carruaje de su suegro á buscarla.