— ¡Hija, le dijo la Marquesa al despedirse, no quiero que te vayas sin que te participe una nueva, que en medio de mis disgustos, me ha proporcionado algun consuelo. Si esa hija mia, Constancia, se ha empeñado en perder su suerte, Alegría, mas cuerda, se la ha ganado, pues se casa con el Marques, y mi hermana que por indócil ha desheredado á Constancia, instituye á la Marquesa de Valdemar por heredera.
— ¡Pobre Constancia! contestó Clemencia, y añadió mentalmente: — El mundo seduce... Dios llama. ¡Dichosa será, no obstante, aquella que desprecie la seduccion, y oiga la llamada!
PARTE SEGUNDA.
CAPITULO I.
Don Martin Ladron de Guevara, padre de Fernando[3], de cuyo gran caudal y antigua nobleza tienen noticia nuestros lectores, era uno de esos señorones de tierra adentro, tan apegados á sus pueblos y á sus casas, que parece que forman, si puede decirse así, parte de estas, como si fuesen figuras de bajo relieve esculpidas en ellas. Señores que no se han ocupado en su vida sino de sus caballos, de sus toros, de su labor y de los chismes del pueblo; de los que por un indefinido anhelo por crearse un interes y una ocupacion, gastan con gusto enormes sumas en suscitar y sostener un ridículo pleito, que en el fondo les es indiferente ganar ó perder, contestando á los que les reconvienen por esa mezquindad, «que no es por el huevo, sino por el fuero.»
D. Martin, por descontado, no habia recibido ninguna clase de instruccion, esceptuando la religiosa, por aquella regla de: si es el mayorazgo... ¿á qué ha de estudiar, y de qué le ha de servir el saber? — Por consiguiente, no habia abierto un libro en su vida. Pero esto no le impedia ser instintiva y tradicionalmente caballeroso, y tener como generalmente los andaluces, talento y gracia; con el privilegio que tienen los magnates, de aguzarlos y lucirlos, diciendo cuanto se les viene á las mientes.
Como hombre que se sabe escuchado siempre con respeto y deferencia, D. Martin hablaba recio, pronto y resuelto, y con el mismo tono al rey que al pordiosero; esto es, en tono natural, llano y decidido. Tenia en la memoria y usaba de continuo una inagotable cantidad de dichos y refranes, á los que llamaba evangelios chicos.
Era D. Martin caritativo como religioso; esto es que daba á manos llenas, y sin ostentacion. Era generoso como caballero, poniendo tan poco precio á sus beneficios y olvidándolos tan completamente, que se ofendia si se recordaban ó encomiaban en su presencia; porque miraba sencilla y cristianamente el dar los ricos á los pobres, no como una virtud, sino como un deber.