— Ya lo sabemos, contestaron los arrieros. Señor D. Martin, se puso su mercé las botas hogaño.
— Pues señores, siento decir á Vds. que han echado el viaje en balde, puesto que no puedo vender los garbanzos, porque no son mios.
— ¿Que no son de su mercé? Vamos, señor, ¿se está su mercé burlando?
— Que no son mios, digo: ¿lo sabré yo, caracoles?
— ¿Pues de quién son, señor?
— De estos, respondió D. Martin, señalando á los pobres: preguntadles á ellos si los quieren vender. ¿Se venden los garbanzos, hijos? gritó con la voz de bajo que siempre tuvo.
Un clamoreo de angustia y súplica se alzó al cielo.
— Pero, señor... insistieron los arrieros.
— Pues ¿no estais viendo que no quieren sus dueños? ¿Yo qué le hago? contestó D. Martin.
¡Cuánto y cuánto de esto se halla sepultado en el corazon de España, para consuelo de los buenos y confusion de los pesimistas misántropos, que se empeñan en juzgarla por su corrompida superficie!