En su juventud habia ido D. Martin alguna vez á Sevilla, y siempre habia vuelto con las manos en la cabeza diciendo:—¡Cristianos! aquello es una Babilonia; allá lo que vale es lo que relumbra; y añadia: ¡A tu tierra, grulla, mas que sea con un pié!
Escusado es decir que tenia D. Martin por toda innovacion y por todo lo estranjero la misma clase de repulsa con tedio y coraje, que conservaba desde la guerra de la Independencia por todo lo frances.
En diciendo la estúpida espresion lugareña es nacion[4], tenian las cosas y los sujetos la marca de reprobacion de Cain sobre sí. Se estremecia al oir la voz nacion, y torcia materialmente la boca á las familias de los Grandes, enlazadas con princesas alemanas: ¡al fin nacion! decia. A lo que solia contestarle una complaciente comadre: — Nosotros los españoles podremos tener nuestras faltas, compadre; pero al ménos, gracias á Dios, no somos nacion.
Así era que D. Martin nunca habia variado nada, ni en su casa, ni en su labranza, ni en su modo de vivir, ni en su modo de ver, ni aun en su manera de vestirse. Llevaba siempre media de seda azulada, zapatos de una especie de paño recio ó feltre gris, llamado piel de rata, con hebillas de plata; calzon de casimir negro, igualmente con hebillas de plata en las rodillas, un gran chaleco de rico género de seda, algunos bordados en colores; una amplia chaqueta ó chupa, corta, igualmente de seda, con faldones cortos; y se ponia redecilla en que encerraba su cabello, que nunca quiso cortarse; solo que la redecilla era corta, y no llegaba sino poco mas abajo de la nuca. Cuando salia por la mañana, se ponia un capote de rico paño negro adornado con pasamanería y caireles de seda, y por las tardes una capa de grana, forrada de raso de color, y en la cabeza un sombrero á la chamberga, parecido al que llevan los picadores en las fiestas de toros. Aunque D. Martin tenia mas de setenta años, y habia engordado paulatinamente mas de lo necesario para bailar unas seguidillas, conservaba restos de una arrogante figura; era alto, y sus facciones, aunque abultadas, eran bellas y correctas.
Habia contraido segundas nupcias con su actual mujer, por razon de estado y sin conocerla; lo que no quitaba que se hubiesen llevado muy bien, teniendo él por ella, en razon de su espíritu caballeroso, las mas finas deferencias. — Quien honra á su mujer se honra á sí mismo, solia decir; y la honra que á tu mujer das, en tu casa se queda.
Habíanse casado por poderes, y el dia que llegó la novia, hizo D. Martin formarse en rueda la enorme cantidad de criados de casa y de campo que le servian, y cogiendo á la recien llegada por la mano, se la presentó diciendo: «Esta es vuestra señora y... la mia; lo que ella mande, se ha de hacer ántes que lo que mande yo; estais advertidos.» En fin, D. Martin era bondadoso, generoso, poco severo, de fácil trato, amigo de ver á todos contentos, y contribuyendo á ello mas bien por un impulso instintivo, que por una intencion razonada; dándose por espíritu de familia grandes aires de vanidad y de orgullo, sin tener en sí el mas mínimo gérmen de estos vicios, y siendo á fuer de rico, mimado de chico y adulado de grande, un poco despótico y un mucho egoista.
La SEÑORA, como siempre la llamaba D. Martin, Doña Brígida Mendoza, era de esas mujeres secas, reservadas, austeras é impasibles, que tienen el defecto de no hacer amable la virtud de que son modelos. Unido esto á la edad, á la desgracia de haber perdido sucesivamente á todos sus hijos, y al continuo afan de refrenarse, habíase entristecido y metido en sí, llevándola este afan á archivar en su pecho las penas y las prosperidades, con la misma grave serenidad con la que un cura registra en los libros parroquiales nacimientos y defunciones. Todo esto formaba un conjunto serio, frio y grave, pero digno, noble y abstraido de todo, no por agria misantropía, sino por la real superioridad de alma que da la religion.
D. Martin solia decir al verla tan serena: — Cuando eran chicos sus hijos, y los tenia alrededor como la gallina su echadura, si tenia alguno un resfriado cogia la madre el cielo con las manos y se le cerraba el mundo; pero ahora parece en todas ocasiones que ha comido pata: eso es, porque ¡lo poco espanta, y lo mucho amansa!
Vivia con ellos un hermano de D. Martin, algo menor que él, Abad de aquella colegiata. Era este hombre distinguido un ente privilegiado, de los pocos en quienes están á la misma altura el alma, el corazon y la cabeza: un hombre de aquellos que los instruidos llaman sabio, los religiosos santo, los pobres padre, y sus allegados ángel.
En su juventud le habia su padre enviado á Sevilla á estudiar, tanto por haberlo deseado su mismo hijo, como con el fin de que siguiese la carrera de la toga. Pero en la guerra de la Independencia tomó un fusil, y se fué á combatir al invasor coloso. Hecho prisionero, pasó á Francia, y aprovechó sus ocios en seguir sus estudios. Concluida la guerra, viajó por Alemania é Inglaterra, siempre aumentando sus conocimientos con su pasion por el saber, haciéndose un hombre eminente en conocimientos como en cultura. Acabó por pasar á Italia, donde permaneció mucho tiempo en Roma: allí se maduraron los tesoros con que habia enriquecido su cabeza y su corazon. Como fruto sazonado de su variada esperiencia del mundo, de las cosas y de los hombres, y como hijo de su suave y elevado carácter, se desarrolló entónces su vocacion á la carrera tranquila, espiritual y filantrópica de la iglesia, volviendo algunos años despues á sus lares, y siendo acogido con alborozo por su hermano, en cuya casa vivia, rodeado de sus libros y de sus pobres, gozando de la naturaleza como un poeta, y de la paz como un cenobita.