— Pablo, esclamaba su tio, habló el buey y dijo mú; te se conoce á distancia dónde al mundo viniste; que quien dijo cortijo, todo lo dijo.
Pablo habia nacido casualmente en un cortijo.
Ponia D. Martin el sello á los juicios que sobre su sobrino hacia, con esta definicion:
— Pablo; lo que es á guapo, no te gana nadie, pero á feo tampoco; de bueno te pasas, pero á entendido no llegas, y á sutil no alcanzas.
Este era el nuevo círculo en que se iba á ingertar la existencia de Clemencia, círculo compuesto, como todos los que forman los hombres, de bueno y de malo; pero, predominando en este mucho mas lo bueno que lo malo.
La casa solariega de D. Martin de Guevara era un edificio en cuya construccion no se habia ahorrado ni el terreno, ni los materiales, ni el dinero; pero en la que no se tomó en cuenta ni la comodidad ni la elegancia. Un enorme patio enladrillado; salones en que podian correr caballos, alcobas cuadradas, grandes y desnudas, formaban su interior; al esterior muchas ventanas con sobra de hierro y falta de cristales, alistadas en fila, como soldados sobre las armas; y un enorme balcon sobre una gran puerta, coronado con las armas in-folio de la familia, componian la mansion solariega de estos nobles hidalgos.
Habitaban estos por lo regular lo bajo, dejando á la soledad y al silencio en pacífica posesion del cuerpo alto, con sus antiguos muebles de mal gusto, cubiertos de un imperecedero damasco carmesí, que parecia haberse elaborado para hacer un vestido á la eternidad; sus cornucopias deslustradas, sus arañas destartaladas, y algunos escelentes cuadros vinculados, que escaparon al vandalismo de las tropas de Napoleon, merced á haberlos escondido en una apartada hacienda.
A espaldas tenia la casa los corrales, cuadras, horno, tahona y graneros de su uso, con entrada por otra calle.
Nada de jardin se veia, nada de elegante ni de ameno; pues lo ameno, así para D. Martin como para sus progenitores, habia sido siempre mucha bulla y mucho tráfago de campo.
Esta era la mejor casa del pueblo, y estando él en la carretera, en ella se alojaban los reyes á su paso. En vida de D. Martin habian pasado por allí Cárlos IV, José Bonaparte, glorificado por los franceses con el título ad honorem de Rey de España; las Princesas de Braganza, ya desposadas con el Rey y el Infante; y Fernando VII. D. Martin no habia puesto, segun la costumbre establecida en las casas en que se hospedan los reyes, cadenas en la puerta de la suya, y cuando se le preguntaba la causa de esta omision, contestaba á su manera: